La facción y el bien común

Publicado en Política

EVO AYLLUS POTOSI

Publicado en fecha septiembre 13, 2010

Y yo, que no pienso subvertir nada, muy tranquilo no me siento con los que se proclaman
maquiavelistas a mucha honra. ¿Y Ud.?

Dos datos me impactaron al leer la última encuesta difundida por IPSOS sobre el gobierno. Uno, que la razón de crítica más común al presidente Morales es que “no gobierna para todos”. El segundo, que en los conflictos de Potosí, la mayoría señala que él debía ir a esa ciudad a solucionar el conflicto. El sustrato de esas respuestas coincide con las teorizaciones de la filosofía política clásica. Nada de Foucault, ni Negri. Nada de nada.
En sus trabajos compilados en El Federalista, Hamilton, Jay y Madison ya habían señalado los riesgos del gobierno de la facción, aunque ella sea mayoritaria, y la necesidad de blindar al régimen republicano de esos riesgos. Justamente, el Federalista pretendía aprender de los peligros advertidos por el pensamiento clásico (en Aristóteles, por ejemplo) sobre la democracia, como régimen en que la tiranía estaba cerca, aún si gobernando por la mayoría (por lo que los autores del Federalista le llamaron a su régimen “República” y no democracia a secas). Buscaban, así, desafiar los pronósticos clásicos que alertaban cómo la democracia terminaba por consumirse a sí misma.
Pues ocurre que los encuestados de IPSOS, quizás sabiendo más del Federalista de lo que a primera reacción pudiera intuirse, dicen que el Presidente no gobierna para todos, lo que bien podría traducirse a que es líder de una facción, si bien mayoritaria, pero que no es el buen rector de todos.
Reservo para otra ocasión la discusión, imprescindible, de si el régimen actual es democrático o “popular”, en términos clásicos, o podría calificarse como oligárquico (claramente no como un gobierno de ricos, como se lo entiende hoy, sino de una élite iluminada que detenta el poder incluso si para legitimarse se vale de medios y símbolos democráticos como las votaciones y la lisonja a las masas).
El segundo dato, venía a cuento del famoso principio del bien común como fin del Estado. Este principio fue blandido por Santo Tomás y después, por los neo-escolásticos, como el famoso Padre Francisco Suárez, cuyas ideas están más inmersas en el alma boliviana de lo que el espíritu jacobino se animaría a (re)conocer.
Ya Suárez señalaba que “El Estado es servidor de la comunidad política, no al revés” y que “a diferencia de Maquiavelo (Suárez), no concibe el poder político como algo arbitrario o ajeno a cualquier limitación” (cito a un lector de Suárez).
O sea que los bolivianos, al decir que Morales debió ir a Potosí, señalan que su poder está constreñido por cómo nuestra comunidad política entiende que debe servir a la comunidad, por cómo el Presidente debe ser un buen padre, limitado por el bien común según lo entiende la gente.
Un moderno habría desechado como niñadas clericales las de Suárez, si no se atuviera a observar y ver cómo, lo que se escribió a inicios del siglo XVII y se enseñó largamente en Charcas, forma parte ahora de nuestra alma política, sin que ya casi lo recordemos.
Si todo esto es verdad, quizás también lo sea esta advertencia de Suárez contra un Estado maquiavelista que sólo se guiara por la “razón de Estado” o por el poder como fin: “En su opinión, la pretensión del canciller florentino de la completa separación de la moral y la política (o de la subordinación de aquélla a ésta) es no sólo aberrante, sino inviable, porque un Estado fundado sobre tales cimientos estará permanentemente amenazado por la intranquilidad y la subversión.” Y yo, que no pienso subvertir nada, muy tranquilo no me siento con los que se proclaman maquiavelistas a mucha honra. ¿Y Ud.?

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