“No puedo estar sumido en la visión del artista bohemio”

Publicado en el otro oficio, Entrevista

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Mamani

Publicado en fecha enero 26, 2011

Además de buen pintor, Mamani Mamani es un extraordinario comerciante de su obra

Mamani Mamani es una fábrica de colores, también de los verdes. Tan  admirable como su estilo y la forma en que combina los tonos es la manera en que comercializa su obra, lo que lo ha convertido en uno de los artistas bolivianos más exitosos, tanto en lo artístico como en lo económico.
El momento en que Roberto Mamani pone la última pincelada sobre alguno de sus óleos, es apenas el comienzo de toda una estrategia de comercialización de la nueva obra. La venta del original es apenas una de las formas. Las réplicas de alta calidad, su impresión en postales, calendarios, tazas y prendas de vestir tan diversas como poleras y mantas de chola muestran la otra faceta del pintor aymara que no se parece, ni por asomo, al típico artista bohemio, condenado a fabricar castillos en el aire.
Dicen que tiene todo un equipo de asesores en mercadotecnia. El artista se ríe. Él no entiende cómo una persona que tiene capacidad creativa para algo tan sublime la pintura, no la va a tener para algo tan terrenal como los negocios. Mamani Mamani vive de la pintura hace tres décadas y vive bien.
Llama la atención la forma en que usted comercializa su pintura…
Hemos roto espacios, hemos hecho tres desfiles de alta moda, estuvimos con Jacqueline Conley, Ingrid Hölters, de Santa Cruz. Hemos dado códigos y símbolos en la fiesta de Gran Poder, es el último trabajo que estamos haciendo. Llegar a pintar un avión, un barco, un estadio, sería la última faceta que podría intentar el trabajo mío. Pienso que el arte es sensibilizador, una persona que colecciona arte va a ser sensible, con su familia, con la comunidad. Más se socializa el arte, mejor, es un alimento para todos.
¿Tiene usted un equipo asesor en marketing?
Dicen: “tiene un equipo formidable, ¿qué habrá detrás, no? Es un trabajo constante, vivo, duermo, me revuelco con el arte. Si no estoy pintando con las manos, estoy pintando con la cabeza. Yo creo que un artista no para de pintar. Pienso que ese trabajo que sale a borbotones, abundantemente  -creo que me va a faltar tres o cuatro vidas para hacer todo lo que tengo en la cabeza-, hace que no pare de crear. Yo no peleo con el lienzo, sino está en la cabeza, y es de hacer y hacer.
Eso ha hecho que se genere o se creen otras formas de expresión, y eso es el ser artista, son las bendiciones de los dioses, de los achachilas, de los abuelos. Algo ha tenido que ver la caída del rayo, como a los yatiris que les cae el rayo, tal vez me han caído demasiados rayos.
¿De dónde nace la habilidad comercial de Mamani Mamani?
Pienso que es  el producto de la obra. El cuadro en sí llega a los sentimientos de un niño y creo que hay mucha gente a la que le llega y, de repente, hay propuestas. Por ejemplo, los  vinos La Concepción me pidieron que les diseñe etiquetas y les hice toda una imagen corporativa: Cuatro cajas hacían una obra, para las etiquetas del vino tinto era con los corchos rojos, porque el sol representa al hombre; para el vino blanco era con la luna y así… Después, la Coca Cola me pidió hacer unas botellas que hacen cada cierto año y eso va para Atlanta.
La gente ha encontrado algo en mi obra y de repente empiezan de ambos lados: una exigencia diría y otra exigencia de lo que yo trabajo y hago constantemente. Son más de 60 series y cada serie es una exposición. Tendría que hacerse como 60 libros de cada serie, si a un coleccionista no le gusta la serie de las montañas, le puede gustar los gallos, si no le gusta los gallos, le puede gustar la papa, los illimanis. Hay un trabajo constante, para mostrar a la gente en toda su diversidad.
¿Cuánta gente trabaja con usted?
Hemos hecho un buen equipo, hay gente que se dedica a la marquetería, son maestros en la marquetería. Hay gente que trabaja en los diseños para los poleras, las ropas. Hay gente que trabaja en hacer objetos de arte, como los calendarios, las postales, las agendas, es gente que también va renovando y proponiendo y esto hace que estos elementos, que estos objetos, mantengan estas tiendas de arte que hay en La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Con eso se paga los alquileres, la luz y la gente que trabaja, entonces hemos generado que los espacios de arte puedan vivir y mostrarse y sentirse, porque vendiendo las obras solamente, en Bolivia, no creo que eso pueda mantenerse.
¿Se podría decir que Mamani Mamani tiene tanta capacidad artística como empresarial?
Mmmmm, Viene uno agarrado del otro. Esa creación que uno tiene y de repente se presenta que una persona no puede tener un original, no puede acceder, pero sí puede tener en una reproducción o una agenda, algo que lo pueda tener, lo pueda enmarcar y le tenga cariño. De repente se han dado las cosas, se dieron las cosas y tal vez en la sangre, como de todo aymara, no sé si llamaríamos un buen comerciante o buen vendedor, se han dado muchas cosas.
Los artistas habitualmente no son buenos comerciantes de su obra; es más, se los ve como a personas que están por las nubes…
Sí, pero hay que romper ciertos tabúes, también se dice que el artista es un bohemio… Yo tengo una disciplina de trabajo y tiempo que le doy a mi obra, pienso que debo aprovechar al máximo cada espacio de mi tiempo para poder crear muchas otras cosas. Tengo proyectos de esculturas monumentales, de murales grandes. Entonces no puedo estar sumido en una visión del artista utópico, bohemio, pienso que tengo una misión y tengo una expresión y un compromiso hacia mi comunidad, hacia muchas otras cosas y por eso debo seguir dando y trabajando.
Se dice que usted es un artista exitoso en lo económico…
Creo que sí, yo pienso que una buena obra se va a vender aquí, en China, en Japón, en Alemania, ¿no? Ese es un desafío hacia el artista, hacia cualquier otra persona. Un buen trabajo al que le dedicas pasión, le das todo de tu ser, hace que esa obra pueda ser reconocida en otro lado y a veces es el mercado el que dispone el monto y el precio de las obras. He empezado con cuadros que costaban 100 dólares, 20 ó 50 dólares, y de repente eso se ha ido cada año generando y al final es el mercado el que pone el precio.
¿Cuál es el precio máximo en el que se vendió un Mamani Mamani?
Hemos estado generando una subasta benéfica de un cuadro en Washington hace un mes y logramos sobre un cuadro pequeño la suma de 14 mil dólares.
¿Es el más caro?
No es el más caro, uno de los más caros que se ha vendido fue en Alemania, hace unos ocho años, fue en 20 mil dólares, era de casi cuatro por cinco metros, casi un semimural.
En Bolivia, ¿es posible vivir del arte?
Sí, lo estoy haciendo ya hace 30 años, vivo del arte y voy a morir con el arte. Yo creo que sí, solamente son desafíos y obstáculos que hay que ir superando y después llega. Sí, vivo del arte.
“Los andinos son una fiesta de colores”
¿Qué color tienen los Andes y los andinos?
Gris. Ese por lo menos era el color con el que lo representaban los pintores. Hasta que mostramos los colores. Mamani Mamani asegura que no ha hecho otra cosa que llevar al lienzo los colores con los que convivió desde siempre.
¿De dónde nace el estilo de Mamani Mamani?
Es una forma de vida la que tuve desde niño,  de mi awicha, de mis padres, la comunidad. Eso se impregnó desde chico y en una primera etapa tal vez no me di cuenta o no hubo un justificativo que diga “es con lo que tú te alimentaste”. Con los agradecimientos , con las fiestas, con las ritualidades, con ser parte de esa forma de vida, de expresión, de sentimientos… De repente llega un momento en que sale de mí y empiezo a pintar, a manejar los colores y empiezo a expresarme en la pintura, en el dibujo, en todo lo que podía encontrar un lápiz, una pintura, un papel…
¿Vivió Mamani Mamani en medio de esos colores?
Absolutamente sí. Me acuerdo que cuando iba a cuidar la vestimenta de mis padres, de mis tíos y también de otros, de otra gente, mi abuelo construía las “k’ahuas” para los quena quenas, que eran una cosa como de tigre. Y mi abuelo hacía también toda la parte de las plumas, que eran de loros, tenían varias gamas de colores. Entonces había un momento en el que tocaban, bailaban y disfrutaban, teníamos que cuidar para que no se rompan, porque eran en cada personaje que llevaba estas plumas, porque en cada personaje habían 3.000 o cuatro mil plumas de loros, teníamos que cuidar que no se rompan los colores. Y ahí yo veía las polleras fucsias, las mantas turquesas, el rojo punzón, el crimson, toda la gama de colores fuertes, fuertes, en los aguayos, los tejidos…
A veces digo: los colores vienen de ahí, en mi niñez es como si se hubiese fotografiado, hubiese visto de repente, de dónde mis obras comienzan a salir, digamos.
Porque, pareciera paradójico, colores tan vivos en medio de una naturaleza gris…
En la caracterización de muchos artistas, el Ande siempre se ha pintado de gris, de ocres, de tristeza, de melancolía, siempre hemos tenido una visión melancólica, triste. Pero es otro sentimiento, es otra forma de sentir, de mirar de otra manera el altiplano, los Andes. Las fiestas, una morenada, que es una expresión bien andina, es llena de color, unos bordados, unas mantas extraordinarias que estallan de colores, todas las gamas, vez una expresión, un estallido de colores.
¿Son así de  tristes los andinos?
No, al contrario, pienso que la gente en su propia idiosincrasia es alegre y su expresión son los bailes. Uno anda preocupado con la política, la economía y otros problemas sociales, pero si tú ves, la gente está bailando y danzando, en su propio mundo, una expresión onírica del tiempo y del espacio. Y vos dices: qué gente más feliz, gente disfrutando, bebiendo, bailando. Entonces, cuando veo eso, me remonto a dos mil o tres mil años atrás, que así han debido ser las fiestas, de agradecimiento a la Pachamama, al inicio de cosecha. Y ahí está el color.
Le he dado un color de autoestima, de orgullo, de altivez… Pienso que ahora tiene que haber marchas, fuerza, los sikus, las tarqueadas que acompañan una forma diferente de ver la vida, de que los cambios políticos, hay otros más culturales, de esencia, de mostrar al mundo que hay otra visión, con el mundo de los animales, las plantas, el respeto, lo que sale, el “suma qamaña”, la recuperación de la cruz andina. Toda la base de mi arte está hecha sobre la base de la cruz andina y ahora recién se está estudiando, investigando, trabajando. Pienso que siempre hubo en los pueblos, sólo que no se manifestaba o no se veía o nadie quería verlo.
¿En qué momento Roberto Mamani lleva esta experiencia a la pintura?
Gano demasiado joven dos premios importantes: uno de la Unesco y otro el Pedro Domingo Murillo. Ha sido una suerte que en el jurado haya estado otro artista indígena ecuatoriano, Oswaldo Guayasamin, pienso que si él no estaba, no ganaba, ha sido un jurado imparcial. Ganó un cuadro que titulaba “Muertos en combate”.
Y estos premios me abren las galerías y lleguen algunas invitaciones, pienso que eso me abrió muchos espacios, empecé a entrar a galerías, como Emusa, que eran difíciles de entrar, porque había un comité de selección. Yo no había estudiado Arte, estudiaba Agronomía, luego Derecho, entonces no había una visión de escuela, de academia.
Tenía mis propias visiones, mis propios sentimientos, pero ya desde muy temprano empecé a romper estos espacios con un trabajo constante, de planteamiento, sobre una visión diferente sobre los Andes, creo que pude hacer un camino al cual ahora estoy con más de 25 años.

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