Una tragedia anunciada

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Publicado en fecha febrero 28, 2011

Apuntalaron y apuntalaron, pero la mole de cemento cayó. Hay una querellera por homicidio.

Paola pasó por la calle René Moreno y miró con ilusión su futuro apartamento. Era viernes, 21 de enero. El martes había quedado con Enrique David Alarcón para pagar la cuota inicial de su departamento. Calderón era conocido de una amiga de su mamá. Paola, que estaba decidida a tener su techo propio, algo no muy grande, un monoambiente o un departamento de un dormitorio aceptó ir a la entrevista con Armando, un contemporáneo suyo, promo 1990 del colegio San Ignacio, de La Paz. Armando era uno de los ingenieros a cargo de la logística del edificio, pero también participaba en la comercialización de los departamentos.
El cuerpo de Armando, de 37 años, fue el primero en ser retirado de los escombros. Paola quedó en shock. Toda la ciudad quedó en shock. La madrugada del lunes 24 de enero, se vino abajo el edificio Málaga, ubicado en pleno centro de Santa Cruz, en la calle Manuel Ignacio Salvatierra, se consumó la crónica de una tragedia anunciada. 15 personas quedaron atrapadas y murieron en la catástrofe, tratando de evitarla. Sí, querían evitarla, porque sabían que el edificio estaba a punto de caerse.
Lo sabía Rubén Puma, uno de los trabajadores de la obra que no estaba en el lugar en ese momento y cuyo testimonio ahora es clave para determinar lo sucedido en la catástrofe. Lo sabía Oscar Gutiérrez, el sereno de la obra, que presintiendo el desastre despachó temprano a su esposa y sus tres hijos para que vayan a cenar y les dijo que no vuelvan hasta que él les dijera. Oscar logró salir segundos antes de que se viniera todo abajo.
Otro Oscar, Encinas, se salvó porque no quiso tomar soda como los demás para acompañar su cuarto de pollo que le habían dado de cena. Fue a buscar agua y en eso sintió que el edificio se venía abajo. Les gritó a sus compañeros que salgan, pero fue tarde. La mole de 10 pisos se derrumbó sobre los cuerpos de 15 personas, que no lograron sobrevivir.
Según el relato de algunos rescatistas, que pidieron reserva, la mayoría de los cuerpos estaban deshechos. Además de los dos Oscar, logró salir milagrosamente Bernardo Paco, otro de los trabajadores. “Cuando escuché que se venía todo abajo me apegué a la pared lo más que pude y por suerte pude salir vivo”, cuenta. Afortunadamente era un muro cercano a la salida.
Quienes no se salvaron fueron los que estaban a cargo de la construcción. Alarcón, que era responsable de logística; Armando Ribera, el calculista; el arquitecto Marcelo Niño de Guzmán, jefe de obra (la Sociedad de Ingenieros criticó que se permita a un arquitecto ejercer este cargo); y Rubén Urzagasti, el capataz.
En ellos recayó la responsabilidad por lo sucedido. Sin haberse hecho aún un peritaje técnico, las primeras conclusiones a las que llegan varios profesionales es que se trató de una falla de cálculo.
El calculista, Armando Ribera, era un prestigioso profesional, docente universitario y autor del cálculo de decenas de edificios en Santa Cruz que no corren peligro. La Sociedad de Ingenieros, a través de su presidente  se negó a especular sobre las causas reales de la tragedia, hasta tener el veredicto de un peritaje técnico. “Todos coincidimos en que hubo un fallo de la estructura, por eso el edificio se vino abajo, pero no podemos emitir absolutamente ningún criterio del por qué falló”, señaló su presidente, Rodolfo Weise.
La Fiscalía inició un juicio de oficio apuntando principalmente a la dueña del edificio, Paulina Callaú, pero el caso tiene mucho más aristas. A medida que se van levantando los escombros se va tomando conciencia de la dimensión de la tragedia. El proceso es lento y penoso, como lo fue el rescate de los cuerpos. Así también se prevé que será la investigación.

El proyecto inicial
La idea de levantar un edificio en esta calle ubicada a cuatro cuadras de la plaza 24 de Septiembre no fue de Paulina Callaú originalmente. El primer proyecto, denominado Edificio Monseñor Salvatierra en alusión a la calle donde estaba ubicado, fue aprobado por la Dirección de Regulación Urbana el 25 de abril de 2006, a favor de Víctor Eduardo Kellemberger Lozano, María de los Ángeles Loaiza de Kellemberger, Germán Enrique Gumucio Limpias y Rosa Adela Estremadoiro de Gumucio.
Estas dos parejas de matrimonios iniciaron la construcción de un edificio proyectado por los arquitectos Ronald Castedo y Rubén Darío Urey. Se trataba de una torre de diez niveles y que tendría dos departamentos muy amplios por piso. La aprobación del proyecto no determinaba el director técnico ni al calculista de la obra, pero finalmente se hizo cargo de la construcción la empresa INCRE SRL. Y como ocurre en muchos casos, el proyecto fue aprobado cuando la obra ya estaba comenzada.
Incluso antes de ser aprobada ya estaba observada por la justicia. El 3 de abril de ese año, Leticia Velarde, vecina del edificio inició una demanda contra los propietarios y contra INCRE SRL. Leticia Velarde, hoy de 80 años, denunció que su vivienda, una casa colonial, se estaba hundiendo.
Un mes después el juez José Luis Cuéllar, del Tribunal Primero de Instrucción en lo Civil, ordenó la paralización de la construcción y nombró a la arquitecta Rocío Soliz Sandóval como perita para hacer una evaluación de la obra. Sergio Rodrigo Gumucio Estremadoiro, representante legal de INCRE SRL y Víctor Eduardo Kemllemberger lograron conciliar con la vecina, arreglaron los daños en su residencia y finalmente la causa fue cerrada.
Ese mismo año  hubo una importante alza de los precios en la construcción. La tonelada de fierro subió de 500 a 1.200 dólares, por ejemplo. No se pudo contactar a ninguno de los propietarios originales, pero se especula que esto se sumó a los motivos para parar la obra a pocos meses de haberla iniciado, logrando sólo levantar el subsuelo y una losa para el primer piso.
En 2010 adquiere el terreno Paulina Callaú, socia también de la Sociedad Inmobiliaria y Constructora S.A. (SICRUZ). Esta empresa fue constituida el 20 de octubre de 2004 y está ubicada en la avenida Ibérica, esquina Grigotá, en el mismo edificio de la empresa Intergas.
Sin embargo, sus socios se dedican al negocio inmobiliario desde hace más de 10 años. Han concretado las urbanizaciones Ciudad Jardín y Villas del Sur I y II, además de los edificios Alcalá, Coral y Junín. Además del Málaga tienen los proyectos del edificio Burgos y el condominio Alcántara.
El año pasado decidieron comprar la obra del Monseñor Salvatierra y presentaron un nuevo proyecto que incluía ya no dos divisiones por piso sino hasta cuatro y cinco. Eran en total 43 departamentos, más tres locales comerciales y se agregó una piscina en el último piso.
El proyectista fue el arquitecto Joaquín Callaú Soliz, que tenía un contrato de servicios con SICRUZ, al igual que el calculista de la obra, Armando Ribera y el contratista José Luis Camacho. El director técnico de la obra, Marcelo Niño de Guzmán y el encargado de logística, Enrique Alarcón, eran funcionario de SICRUZ, según explicó Ismael Serrate, vocero de la empresa y socio de Paulina Callaú.
Camacho manejaba un grupo de albañiles que trabajaban en otras obras de otras empresas. Algunos tuvieron la mala suerte de ser llamados de otras construcciones para ayudar en el Málaga y los encontró la muerte.

El segundo proyecto
La Alcaldía volvió a aprobar  el proyecto el 6 de septiembre del año pasado, pero la obra ya había comenzado a levantarse. Debía tener una altura de 29,65 metros en el frente y 26,75 en el bloque posterior según los planos aprobados. En los mismos no se contempla una piscina, que era parte de la oferta del edificio Málaga, como pasó a denominarse con los nuevos dueños.
La obra avanzó en tiempo récord. “Ni bien secaba la losa ya estábamos preparando el otro piso. En menos de cinco meses ya estaba levantado el esqueleto de los 10 pisos.
Según el ingeniero geólogo José Luis Tellería, no se hizo una validación geológica del terreno, una norma internacional que poco se cumple en Bolivia. Tellería, profesional paceño, pasó por casualidad hace cuatro meses por la construcción del Málaga y se interesó en la oportunidad de tener un departamento en el centro de Santa Cruz. Allí identificó un punto de quiebre defectuoso entre el piso y la primera losa.” Ese punto es la unión de una columna con las vigas que sostienen la losa. Los pilares no eran los adecuados para soportar esos tres pisos extras”, explicó el experto.
Hizo sus observaciones en su momento, pero no fueron tomadas en cuenta. Lastimosamente sus predicciones se fueron confirmando de a poco. Los albañiles se daban cuenta y avisaban cada tanto a sus superiores. Un exceso de confianza los traicionó.
El 3 de enero, la losa de lo que iba a ser el patio se hundió. Ribera mandó hacer otra columna para sostenerla. Serrate confirmó que este incidente se informó en la reunión semanal de evaluación de los propietarios y los constructores. Antes se había caído una pared del sexto piso a una casa vecina, afortunadamente sin causar daños humanos. Esto no tenía que ver con la estructura del edificio, sin embargo, le costó una sanción por parte de la Alcaldía el 15 de noviembre de 2010, por no tener una malla protectora. Además se les dio el acta de infracción por no contar con documentos en la obra y por incumplimiento de normas de seguridad. Al día siguiente la empresa hizo un descargo presentando copias de las licencias de construcción y una carta de compromiso para cumplir las normas de seguridad.
El oficial mayor de Planificación, Edmundo Farah, admite que una gran falencia de la Alcaldía es la falta de fiscalización, pero no sólo por una voluntad política sino por limitaciones del propio Código de Urbanismo. “El código contempla sólo normas de arquitectura y no así sobre sistemas constructivos. Tampoco contiene normas de revisión, aprobación ni control de estructuras”, señaló.
El Código de Urbanismo exime a la Alcaldía de realizar inspecciones de oficio. Por ejemplo, el artículo 141 expresa que “de no ser solicitadas las inspecciones opcionales el propietario o el director de obra podrán proseguir con los trabajos sin eludir responsabilidades civiles o el fiel cumplimiento del proyecto aprobado”.
El 139 determina que las inspecciones opcionales sólo se dan en tres casos: la verificación de Línea Municipal, la dimensión de espacios y áreas internas y la dimensión de vanos (puertas y ventanas).
La única inspección obligatoria determinada en el Código es al finalizar la obra. “Las inspecciones obligatorias, son las que se realizan ‘a la conclusión de la obra’, que permitirá otorgar el Certificado de Habítese”, reza el artículo 140.
La Alcaldía Municipal se apresuró en dar a conocer estos artículos para deslindar responsabilidades.

La tragedia
El incidente de la losa el 3 de enero fue la primera llamada de atención. Sin embargo, algunos resquebrajamientos y fisuras hacían temer ya la catástrofe. A las 11:30, según coinciden los testimonios de los sobrevivientes, estallaron tres columnas. “Sonó como si algo hubiera explotado, entonces nos asustamos”, contó Rubén Puma, el joven albañil de 19 años, que logró salir a tiempo.
Le avisaron a José Luis Camacho, el contratista, y éste les ordenó que apuntalen con vigas de cuchi. Durante todo ese día trabajaron alrededor de 80 hombres en diferentes turnos. Camacho fue a buscar obreros de otras construcciones. Uno de ellos era Antenor Daza, un sucrense de 23 años que vivía en Tiquipaya, municipio de El Torno, y desde allá venía cada jornada a cumplir su labor en una construcción por la zona del Zoológico. Su compañero de  trabajo, Mario Rojas, también trabajaba en esa misma obra. Ambos cumplieron su jornada en la construcción donde estaban contratados pero a la noche Camacho les pidió que vayan a ayudar al Málaga. A Mario lo esperaba su esposa y un hijo de cuatro años. Esperaba llegar antes de la medianoche. Antenor ocupó el lugar de Limberg Ortiz, que había estado colocando puntales durante todo el día.
Se habían colocado 60 vigas de madera durante el día y se preparaban para construir pilastras de hormigón. Los ingenieros trabajaban a la par de los albañiles. Pese al inminente peligro había un clima de fiesta. “Don José Luis (Camacho, el contratista) nos felicitó y mandó pedir 25 cuartos de pollo. Siempre compraba harto, no importaba si sobraba. En esta construcción nunca nos faltó nada”, cuenta Óscar Encinas, que se salvó justamente por ir a buscar agua en vez de la soda que había.
Eran las 21:45 de acuerdo a varios testimonios. Encinas logró salir como pudo, pero adicional al shock que produce un hecho de esta naturaleza, le entró la desesperación porque su primo José Luis se quedó entre los escombros. Éste era capataz de otra obra y hacía muchos años que trabajaba con Camacho. Vino a ayudar con su experiencia en la colocación de puntales.
La desesperación cundió entre aquellos que se habían salvado. Otros obreros que se habían ido antes fueron informados y acudieron rápido al lugar. Los bomberos llegaron en cuestión de minutos y el operativo de rescate se puso en marcha.
En la casa contigua se encontraban acostados Cecilia Ochoa y su hijo Ricardo, de cuatro años, la niñera Reina Ribera Flores y su mamá, Magdalena Flores Soliz, que también trabajaba en ese hogar. De pronto escucharon el rugido y pensaron que era un terremoto. Parte de la estructura destruyó la casa que tenían en anticrético. “Me salvé de milagro, por el marco de la puerta, que sostuvo, no sé cómo, el derrumbe”, relató Ochoa.
Los cuatro fueron rescatados de inmediato por los bomberos e internados para su observación. Cuatro días después fueron dados de alta. El niño despertaba con pesadillas, según el relato de algunas enfermeras.

El rescate
Al principio existía confusión respecto al número de personas que estaban dentro y quiénes eran. Se pensaba que eran más de 20. Durante el día hubo alrededor de 80 trabajadores. Se sabía que los responsables de la obra estaban allí dentro. Lo que no se conocía era que varios albañiles habían abandonado la construcción temiendo el desastre. Y muchos se habían retirado cansados, luego de trabajar más de 10 horas.
El Centro de Operaciones de Emergencias  Departamental (COED) tomó las riendas del rescate. Con el transcurso de los días llegaron bomberos de La Paz, Cochabamba y el exterior del país, además de los policías militares, rescatistas del SAR y cientos de voluntarios.
Entre el 24 y 28 de enero se intensificó la búsqueda, con las limitaciones correspondientes al hecho y la capacidad técnica del país. En ese lapso se recuperaron ocho cuerpos y se mantenía la fe de encontrar algún sobreviviente. Pero el 29 de enero, Guillermo Saucedo, director del  COED, anunció oficialmente que no se esperaba encontrar personas con vida, y que proseguía la búsqueda de los cuerpos.
El 3 de enero se retiró el último cuerpo del edificio, el de Rubén Urzagasti, mano derecha de Camacho, según sus colegas sobrevivientes.
El trágico final levantó sospechas sobre las labores de rescate. No obstante, las autopsias que fueron dadas a conocer a medida que se iban rescatando los cuerpos coinciden en que todos murieron instantáneamente. A algunos costó identificarlos porque tenían el rostro desfigurado.
La desgracia ha desatado muchos debates y la memoria de lo ocurrido quedará no sólo en sus familiares (algunos de ellos famosos, la modelo Maricruz Ribera, hija del ingeniero Armando Ribera) sino de la sociedad cruceña, como un hecho que no se volverá a repetir, pero que llama a tomar medidas de control más firmes en adelante. “No existe una cultura de seguridad, tenemos que admitirlo”, dice Feliciano Carrillo, ejecutivo sindical del gremio de los Trabajadores de la Construcción. “La muerte de estos mártires debe servir para que todos tomemos conciencia de la importancia de prevenir antes que nada la vida humana”.
La directora de parques y jardines de la Alcaldía, Angélica Sosa, anunció que se gestionará una plaza en memoria de los fallecidos en el Málaga, donde se construirá un monumento para recordar que esto nunca más debe ocurrir.

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