Carnaval ayer y hoy

Publicado en Reportaje

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Publicado en fecha marzo 01, 2011

La Fiesta Grande de los cruceños, entre la tradición y el cambio.

Llegó el tiempo de la “Fiesta Grande de los cruceños”, el tiempo de la alegría, de las “precas”, de la reina, de los desfiles y los festivales de toda índole; el tiempo del encuentro de los comparseros, los fraternos y los amigos de toda la vida para dar rienda suelta a la celebración que transcurre entre el orden y la transgresión, entre el baile y el salto, entre la mojazón y el pringue, unos con banda y los más con musicón de la amplificación, al ritmo de taquiraris, chobenas y brincaos, pero también con perreos y hasta con sayas. Sí, este el tiempo del carnaval que vive entre las viejas tradiciones que se niegan perecer y las nuevas costumbres propias del paso del tiempo.
Historiadores como el desaparecido Germán Coímbra refieren que el carnaval tiene tanto tiempo como la fundación de la ciudad, allá por 1562 cuando el cabildo dispuso la celebración de un banquete en la plaza principal y donde seguramente se fueron escenificando costumbres de los colonizadores europeos.
Desde entonces mucha agua corrió; vinieron las traslaciones, el villorrio que hace un siglo no pasaba 10.000 habitantes se expandió a 57.000 en la década de los años ´50 y posteriormente fue explosionando hasta los 1,8 millones actuales. Y esta metrópoli es la que fue manteniendo viva las tradiciones de una ciudad pequeña. “Es un carnaval que, como se puede ver por el desarrollo histórico, es eminentemente elitista, pero también, paradójicamente, participativo”, sostiene el historiador Alcides Parejas.
El carnaval cruceño trata de conservar su identidad, su originalidad, pero es inevitable que haya influencias, dice el músico y estudioso tradicionalista Aldo Peña Gutiérrez, al reconocer que Santa Cruz es cuna de varias corrientes migratorias que le van dando matices. “Cada vez somos más los cruceños, la ciudad desbordó con creces el Segundo Anillo que nos dibujaron, suenan con fuerza ritmos ajenos y hay más inseguridad. Por supuesto que estamos cambiando como todo organismo vivo”, reflexiona el músico.
El taquirari “Alma de carnaval” compuesto musicalmente e interpretado por Peña en 1997 resume de manera clara esta transición. “Carnaval de mis sueños has ido cambiando como Santa Cruz. Agonizan las casas de espera, murió El Caballito, se fue Pan de Arroz, ya no truena la banda de Zoilo. Ya no hay mascaritas para apechugar. Hoy es con musicón, con conjunto y sambón y hasta con saya nos hacen bailar. Ya Mateo calló, tamborita no hay más
¿Dónde iremos a parar?”, cuestiona.

ENTRE EL AYER Y EL PRESENTE
Pero es la alegría la que persiste en este singular carnaval, alejado del espectáculo y esencialmente participativo.
El alma cruceña del carnaval se transmite de generación en generación. El primer paso viene con la formación de la comparsa, reunida en el barrio, el club o el colegio y que más adelante se consolidará en una fraternidad, un elemento importante en una sociedad institucionalista como la cruceña; de otro modo la comparsa queda desmembrada y pasa al olvido por el alejamiento y migración de sus miembros.
Como toda organización, las comparsas se rigen por una dirección que se encarga esencialmente del diseño presupuestario, la elección de reina, la contratación de la banda y detalles como el diseño de la casaca.
El movimiento carnavalero se ha trasladado a septiembre; la Expocruz es el espacio propicio para la presentación oficial de la reina del carnaval por parte de la comparsa coronadora. En los meses siguientes las restantes comparsas van anunciando y nombrando a sus soberanas.
Los ítems más recurrentes del presupuesto carnavalero se supeditan a la contratación de la banda, el traje, el carro alegórico, las bebidas, el churrasco y la reina, incluidos los trajes y arreglos. De todos ellos, la atención se centra en la música, lo demás llegará por añadidura, reza la costumbre.
Mientras llega el carnaval, las comparsas asisten a campeonatos y festivales como medio de confraternización. Las precarnavaleras, una figura que cobró fuerza los últimos años, toman un carácter más de espectáculo y rescate de valores culturales regionales que generan el ambiente de expectativa a las cuatro jornadas carnestolendas.
El corso ha ido ganando espectacularidad, brillo y color, pero no condiciona la participación de las comparsas cuya atención no se centra en aspectos coreográficos de exhibición para los miracorso. El tránsito a lo largo de ruta no es el baile, sin el “salto” donde los carnavaleros hacen un alto para saludar a las amistades.
La jornada de domingo de carnaval comienza con el junte de los trasnochados comparseros alrededor de un churrasco con el fondo de la banda, para luego tomar las calles para salir a bailar y encontrarse con los amigos. La rutina se repite el lunes y martes, aunque en esta última jornada se toman recaudos por los “pringues” cada vez más agresivos y considerando que al día siguiente habrá que trabajar.
La fiesta suele concluir con Carnavalito de domingo donde se procede al entierro simbólico, acto que se desarrolla en la sede de la fraternidad o propiedad de algún miembro de la comparsa.
Pero las actividades antes descritas vienen siendo objeto de cambios. La comparsa se torna prohibitiva para algunas comparsas que las cambian por una amplificación.
Las condiciones de inseguridad han llevado a cambiar las casas de espera y la fiesta de calle por el garaje, con un fuerte resguardo, convirtiendo a la actividad pública y participativa por la fiesta privada. En las calles, las batas desplazan a las casacas para impermeabilizar la tintura y las bandas suenan cada vez menos frente a los aparatos de música dispuestos en las tarimas callejeras desde los cuales se emiten más sones foráneos que ritmos locales tradicionales.
Las 11 noches de mascaritas quedaron en campo de reminiscencia y su reposición parece una tarea imposible. Clubes nocturnos pretenden relanzar la idea de la mascaritas, pero con connotaciones distintas a las que tenía en la festividad carnavalera.

TRANSiCIONES DEL CARNAVAL

Banda I. Tienen una dura competencia con los “musicones” instalados en tarimas o unidades móviles en las tradicionales calles carnavaleras. Las comparsas de jóvenes la prefieren por el factor precio y el amplio repertorio de ritmos musicales que transitan desde lo tradicional hasta la samba, el “perreo” y hasta sones andinos.
Banda II. A su vez la mayor demanda de bandas en propiedades o haciendas ha inflacionado el costo de la banda. El costo banda se cotiza en torno a los 250 a 300 dólares. Por 30 horas, que es el parámetro de contratación por parte de las comparsas,  se deben presupuestar un gasto entre 7.500 a 9.000 dólares. En el caso de las bandas más destacadas, el costo puede llegar a los 500 dólares por hora.
Parejas. El carnaval solía tener un carácter machista. El carnavalero solía asistir con su pareja al corso, pero los restantes días era una cuestión de hombres. La figura cambio, es la pareja la que ahora suele pertenecer a la misma comparsa y por lo mismo participan de todas las actividades. Al mismo tiempo, son cada vez más recurrentes las comparsas femeninas.
Garaje. Es una cuestión de seguridad. Se rentan parqueos del casco viejo con acceso limitado a los comparseros y amistades femeninas. Las calles dejan de ser el escenario tradicional de la fiesta de los cruceños, va dejando su esencia de fiesta participativa y de encuentro de amigos en el pueblo de 1,89 millones de habitantes.

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