Desastre en la ciudad tobogán

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Publicado en fecha marzo 24, 2011

1.500 casas afectadas por el deslizamiento paceños, 6.000 personas sin techos, $us 50 millones en pérdidas.

Valle de las Flores era un “barrio de verdad”, pero ahora es un barrio de mentira. Ese es el costo de arriesgarse a vivir en una ciudad imposible. La topografía paceña es así: Sus quebradas agarran como pueden las moles que construyen sus habitantes, hasta que ya no pueden… En cuestión de horas, ocho barrios desaparecieron de la faz de la hoyada.
Las cifras del Gobierno Municipal de La Paz abren grietas en el alma: 1.500 viviendas afectadas, 6.000 personas sin techo, 140 hectáreas de tierra deslizadas, provocando un movimiento de carga que supera las 6 millones de toneladas. El desastre fue tal que el geólogo José Luis Tellería se animó a calcularlo en la escala de Richter: “Fue como un terremoto de 9 grados”. Y la billetera sintió las réplicas: 50 millones de dólares en pérdidas.
Lo grave es que lo fuerte de la factura la pagan los pobres: Un estudio previo realizado por el municipio muestra que el promedio de ingresos de cada una de las 118 familias que habitaban en Valle de las Flores era de 1.157 bolivianos mensuales. Dos tercios de las viviendas tenían paredes de adobe, mientras que el 67 % de sus habitantes había conseguido asentar en el lugar el esforzado sueño de la casa propia.
Este barrio fue fundado hace menos de tres décadas. Sus habitantes se asentaron en la zona, pese a que conocían del inminente riesgo de deslizamientos. Pero, ¿qué barrio de La Paz no se construye al filo del abismo? Sí, en 1930 el sector se había venido metros abajo, pero parecía que había encontrado su piso.
Tan es así que hasta las autoridades municipales se animaron a darle estatus de “barrio de verdad”. El gobierno local lo incluyó en su programa de mejoramiento de barrios e invirtió más de tres millones de bolivianos para dotar a Valle de las Flores de muros de contención, embovedado de ríos, avenidas bien asfaltadas, gradas, campo deportivo, parque infantil, saneamiento de la propiedad de las viviendas y hasta inodoros para el baño.
Pero La Paz es La Paz. Según los especialistas, apenas el 40 % de su territorio es apto para la construcción de viviendas, mientras que por más de la mitad de sus calles y avenidas no debieran circular vehículos por su exagerada gradiente. Pero los albañiles se las ingenian para levantar edificaciones en pendientes que superan fácilmente los 42 grados y los chóferes paceños trepan y descuelgan sus vehículos a través de sus empinadas vías.
Hasta que la naturaleza, anualmente, durante la época de lluvias, se encarga de recordar que La Paz no era el lugar apropiado para que habiten cerca de un millón de personas y se convierte en un tobogán para muchos de los que se atrevieron a desafiarla.
El geólogo Marco Antonio Guzmán le dijo a la BBC que, además de las pronunciadas quebradas, uno de los graves problemas que tiene la ciudad es la constitución de sus suelos: Aún están en proceso de formación y no han terminado de consolidarse como roca.
Y esta vez el turno trágico fue del Distrito San Antonio. Los deslizamientos no eran nuevos en el lugar. Los vecinos del Valle de las Flores no olvidaban uno que se presentó hace casi dos décadas, mientras que los de Kupini II rememoraban otro que lamentaron hace más de cinco años. Pero eran parciales, habían afectado apenas a un pequeña parte del barrio.
Hasta esa nublada tarde del sábado 26 de febrero. Ese mediodía se supo que se presentaron deslizamientos en algunos terrenos baldíos a orillas de Río Chulluncani. Luego sólo se escuchó el quejido de las grietas. Las viviendas de Kupini II fueron las primeras en irse abajo. El domingo 27 la tragedia no encontraba límites: Pasaba de una vivienda a la otra, de una calle a la otra, de un barrio al otro.
La gente no tuvo tiempo siquiera para el lamento. Era el momento de rescatar todo lo que se podía y no se podía demasiado. Las rajaduras crecían a cada minuto. El derrumbe era inminente. De la noche a la mañana es mucho, en cuestión de dos o tres horas los propietarios de las viviendas dejaron de ser tales. No alcanzaban siquiera el estatus de inquilinos.
A continuación vino la procesión de los deshabitados. Cientos, miles de personas, cargaban como podían lo poco que habían rescatado. El consuelo de amigos y parientes decía que habían salvado lo más importante, la vida, porque lo material no interesaba. Pero sí interesa y demasiado cuando cuesta una vida el conseguirlo.
Hasta el martes 2 de marzo, la Alcaldía tenía en sus registros entre 5.000 y 6.000 damnificados, 2.000 de los cuales estaban en los refugios temporales que habían sido habilitados.
En medio de los escombros, los técnicos municipales comenzaron a hurgar las causas de la tragedia: sobrecarga de casas, fugas de agua potable, pozos sépticos, excesivas lluvias, erosión de los lechos del río Chullunkani, movimiento de tierras indiscriminado…
Muchos de los ex vecinos hicieron lo propio: Carmen Mamani y Victoria Quispe, ambas vecinas de Callapa, están seguras que se trata de la venganza de Sirena, una mujer a la que nadie quiso dar hospedaje durante la fiesta del barrio, el año pasado. Ante la negativa de los vecinos, la mujer –en estado de ebriedad- habría amenazado con hacer desaparecer el lugar. A Carmen y Victoria nadie les saca de la cabeza que el megadeslizamiento no es otra cosa que el cumplimiento de la advertencia.
Sin embargo, ninguna de ellas tiene la certeza de que contarán con un nuevo techo propio para cobijar a la persona que, en el futuro, toque su puerta. El presidente Evo Morales Ayma les llevó la promesa de que volverán a contar con una casa, pero en la ciudad de El Alto.
Muchos de los afectados han aceptado a la oferta, pero hay muchos otros que se resisten a abandonar el lugar. El alcalde Luis Revilla anticipó que no se admitirán nuevas construcciones en la zona devastada, pero varios de los vecinos de Kupini II han vuelto al lugar el martes de carnaval para ch’allar el terreno sobre el que estaba edificada su casa.
Claro, ellos saben que miles de los habitantes de la ciudad tienen su casa en barrios con igual o mayor riesgo del que ellos tendrían. El geólogo José Luis Tellería presentó días antes del suceso un mapa de riesgos que muestra que existen 34 deslizamientos activos en La Paz, los cuales se encuentran urbanizados. Según el estudio, apenas el 20 % del suelo paceño puede ser considerado seguro para edificaciones.
La estabilización de los suelos es un desafío permanente del Gobierno Municipal de la ciudad. En los últimos 10 años invirtió alrededor de 80 millones de dólares para que los más de 300 ríos que atraviesan la hoyada no socaven la ya frágil estructura de las quebradas.
“Yo nací aquí, no voy poder vivir en ningún otro lado”, justificó un joven en medio de la ch’alla de carnaval. Él añora la época en que Kupini II era también un “barrio de verdad”. El Gobierno Municipal destinó otros 3.3 millones de bolivianos para brindar mejores condiciones a sus habitantes. Esos recursos también se fueron abajo, el día en que la naturaleza decidió recordar que, en La Paz, los barrios de verdad, pueden ser fácilmente de mentira.

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