Gadafi

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Publicado en fecha marzo 24, 2011

Ningún país del norte de África y Oriente Medio está a salvo de los cambios que se producen en el mundo árabe. Ni siquiera sus monarquías. ¿Quién hay detrás de estos reinos?

En la mayoría de los casos se trata de dinastías que llevan mucho tiempo gobernando a su antojo, sin dar responsabilidades a nadie y, como ocurre entre los monarcas del Golfo Pérsico, con la creencia de que son intocables.
Pero si las revueltas que comenzaron en Túnez, donde el depuesto presidente Ben Alí gobernó durante 23 años, se extendieron a Egipto, con el derrocamiento de Hosni Mubarak tras 30 años en el poder, y ahora hace tambalearse a Muamar el Gadafi al frente de Libia, han mandado un mensaje claro: ningún país ni forma de gobierno está a salvo de los procesos de cambios que se están produciendo en el mundo árabe.
El protagonismo que vivió durante semanas Ben Alí en Túnez, después Hosni Mubarak en Egipto, y actualmente Gadafi en Libia parece el de una “papa caliente” que va pasando de mano en mano con la curiosidad internacional de saber quién será el próximo dirigente en sostenerla.

NADIE ESTÁ A SALVO
Las protestas ya iniciadas en Argelia, Marruecos, Yemen, Omán, Jordania, Kuwait, Bahrein y Arabia Saudí, pone a sus dirigentes en una situación comprometida. Gadafi vive unos momentos desesperados tras mantener su poder inalterable desde hace cuatro décadas.
“Nadie está a salvo de las revueltas. Estamos viendo que las protestas están afectando a todos los países árabes”, explica el profesor del departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid (España), Waleed Saleh.
En el caso de las monarquías, apunta Saleh, son algo más estables “quizá por el peso de la tradición, especialmente la marroquí que lleva varios siglos en el poder. Pero nada puede garantizar que esta estabilidad no se vea afectada por grandes revueltas”.
La situación del actual rey de Marruecos, Mohamed VI, de 47 años, no es la mejor en los once años que lleva en el trono, tras suceder a su padre el rey Hasan, el 23 de julio de 1999.
Con más de treinta millones de habitantes, el caso de Marruecos, en palabras de Saleh, es reformable. “Si el gobierno es capaz de introducir una auténtica reforma, política y económica, sería posible parar las incipientes protestas. Entre otras cosas, sería importante que el sistema monárquico cambiara y se hiciera constitucional”.
Para el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid la monarquía marroquí “quizá pueda ser algo más flexible” que el resto de monarquías árabes, más “drásticas” como ocurre, según su opinión, en Arabia Saudí y Bahrein, donde ya se han producido manifestaciones populares solicitando reformas.
También en Jordania, donde el rey Abdalá II, en el trono desde el 7 de febrero de 1999 tras suceder a su padre, el rey Husein, ha ido sorteando las revueltas atendiendo a las peticiones de la población, entre ellas, la destitución del primer ministro Samir Rifai y la formación de un nuevo gobierno liderado por Maruf Bajit, al que el monarca jordano ha pedido que acometa reformas políticas reales y rápidas.

MONARQUÍAS DEL
GOLFO PÉRSICO.
En lo relativo a  las monarquías de los países del Golfo Pérsico son, en su mayoría, tronos hereditarios que llevan décadas dirigiendo territorios presididos por la abundancia del petróleo.
La más representativa es la de Arabia Saudí, el mayor de los Estados del Golfo, dirigida por la familia Al Saud, en el poder desde 1932, año en el que fue fundado el reino por Abdul Aziz Ibn Saud III.
Desde la muerte de éste, en 1953, el poder se ha ido sucediendo entre sus hijos (Saudí, 1953-58; Faisal 1958-75; Khalid, 1975-82 y Fahd, 1982-2005) hasta el actual rey, Abdalá bin Abdelaziz, en el poder desde 2005 y que, a sus 86 años, tiene como heredero a su hermano, el príncipe Sultán, cuatro años menor, por lo que su sucesión no está clara.
Arabia Saudí se ha convertido en el principal aliado de Estados Unidos en la zona tras la caída de Hosni Mubarak. Mantiene su posición de ser el mayor exportador mundial de crudo y uno de los países con mayor peso de la OPEP (Organización de Países Exportadores de Petróleo), aunque la situación que se vive en Libia, otro gran exportador de petróleo, ha provocado que la dinastía Al Saud mire con recelo todas las revueltas que se están produciendo en el norte de África.
El viejo rey Abdalá ya ha anunciado un millonario paquete de ayudas económicas para calmar a su población, crear empleo y favorecer la vivienda a los jóvenes, mientras ha recibido amenazas de grupos vinculados con Al Qaeda que le sitúan como “objetivo legítimo” al considerar que ha traicionado los principios del islam y se ha plegado a los intereses de Occidente.
Estas amenazas proceden de las Brigadas de Abdalá Azzaam, conocido como el “padre de los muyahidines” (guerreros santos), que denuncian a la familia saudí de derrochar dinero “mientras la pobreza está extendida entre sus habitantes”, un país con más de veinticuatro millones de personas (datos de 2007), con un 8,7 por ciento de desempleo.
La revista económica estadounidense Forbes estableció, en 2008, una lista de los monarcas más ricos del mundo en la que el rey Abdala ocupaba el tercer puesto con un patrimonio de 21 billones de dólares.
Una muestra de la generosidad del rey saudí quedó demostrada cuando, en 2009, agasajó a la primera dama estadounidense Michelle Obama con un aderezo de rubíes y diamantes valorado en 132.000 dólares, además de un collar de 33 perlas con un colgante de 14.200 dólares.
Para el profesor Saleh, la monarquía saudí y la de Bahrein “son las más drásticas” de la zona y las que “más riesgo tienen actualmente”. En el caso de Arabia Saudí, “a pesar de sus grandes recursos de petróleo, tiene una población desigual. Hay sectores sociales desfavorecidos y casi pobres”.
En el pequeño estado de Bahrein, con poco más de un millón de habitantes y de los que el 60 por ciento son bahreínes y el resto extranjeros, gobierna la dinastía al-Jalifa, desde 1783. En el poder desde 1999, el emir Hamad bin Isa al Jalifa, de 61 años,  se transformó en rey en 2002 cuando el estado se convirtió en monarquía parlamentaria.
El príncipe heredero, hijo del rey, Salman bin Hamad al Jalifa fue quien decidió suspender el gran premio de Fórmula Uno previsto para el 11 de marzo, por las revueltas políticas que reclamaban reformas democráticas y mejoras sociales  y que llevan produciéndose en el denominado “reino de los mares” desde el 14 de febrero.
Una de las monarquías más duraderas de la zona es la de Omán, bajo el mandato del sultán Qabus ibn Said desde 1975 quien, a sus 70 años, dirige un país de  tres millones de habitantes y que produce 800.000 barriles diarios de petróleo.
La tranquilidad de este sultanato se ha visto alterada en los últimos días con manifestaciones populares, en las que han muerto varias personas, descontentos con las reformas del sultán Qabus quien ha cambiado seis ministros y ha aumentado los salarios de los funcionarios públicos en un 43 por ciento.
Según datos de Forbes de 2008, el sultán Qabus, tiene un patrimonio de 1,1 billones de dólares, la décima fortuna entre los monarcas del mundo.
En Catar la máxima autoridad pertenece a la dinastía Al Thani, que gobierna el pequeño emirato desde el siglo XIX con una de las rentas per cápita más altas del mundo, una población de millón y medio de personas y la tercera reserva de gas natural más vasta del planeta.
Forbes tasaba en 2008 la fortuna  de su emir, Hamad bin Khalifa Al Thani, de 61 años, en dos billones de dólares “el séptimo monarca más rico del mundo”.
Los Al Thani manejan todos los entresijos del pequeño país. El príncipe heredero, hijo del jeque, es Tamiz Bin Hamad al Thani; el primer ministro, Hamad bin Jaber Al Thani, es primo del máximo mandatario y la esposa del jeque, Sheikha Mozah, preside la Catar Funtation que la próxima temporada patrocinará al equipo de fútbol F.C. Barcelona.
Los cataríes organizarán el Mundial de Fútbol de 2022, y tienen previsto invertir alrededor de 150.000 millones de dólares para construir un nuevo aeropuerto y varios estadios. La cadena de televisión Al Yazira opera en Catar desde 1996 y, desde entonces, es la más vista en Oriente Medio.

NADA SERÁ IGUAL
En el emirato de Kuwait, que el pasado 27 de febrero celebró el cincuenta aniversario de su independencia, el poder está en manos de la dinastía al Sabah, cuyo emir, Sabah al Ahmed al Sabah, de 81 años, cumple su primer lustro de mandato.
Con fama de buen negociador, Sabah al Ahmed al Sabah ha coordinado con éxito la política exterior kuwaití y se le considera un liberal a favor de la privatización, la globalización y de estrechar relaciones con  los otros países árabes.
Durante su mandato, se ha avanzado además en el tema de derechos de la mujer. De hecho cuatro mujeres ocupan actualmente escaño en el Parlamento y, en octubre de 2009, el Tribunal Constitucional del país apoyó que dos diputadas pudieran ir sin velo a la Cámara.
Más compleja es la organización de los Emiratos Árabes Unidos, una federación que reúne a siete emiratos (Abu Dabi, Dubai, Sharjah, Ajman, Umm al Qaywayn, Ras el-Khaima y Fujairah), cada uno liderado por un emir con pleno poder y cuyo cargo se transmite por sucesión hereditaria.
Estos siete emires forman el  Consejo Supremo Federal, cuya máxima autoridad es su presidente, el jeque Jalifa bin Zayed al Nahayan, que sucedió a su padre Zayed bin Sultan al Nahayan, en noviembre de 2004 y fue ratificado por el Consejo en 2009 por otros cinco años. Jalifa, de 63 años, figuraba en la lista de Forbes de 2008 como el segundo monarca más rico del mundo, con una fortuna de 23 billones de dólares.
En opinión del profesor Waleeh Saleh lo único que puede salvar a todas estas monarquías de la ola de cambios que se vive en el mundo árabe es que “cometan grandes y profundas reformas, políticas y económicas. Además, sus dirigentes van a tener que transformarlas, al menos, en monarquías constitucionales en vez de absolutistas”.
Para Saleh, “ningún país a partir de ahora podrá seguir como ha estado hasta este momento”.

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