De la polarización al abrazo

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Publicado en fecha noviembre 01, 2011

El efecto de la marcha que nos devolvió la esperanza.

Varias formas de comprender nuestro país circularon desde diversos niveles de la ciudadanía a partir de los primeros años del nuevo milenio, muchas de ellas se asentaron sobre la base central de la existencia de dos Bolivias. Para algunos estaba la nación rural y la urbana; se habló de una media luna y lo andino; oriente y occidente; cambas y collas; la Bolivia profunda y la aparente; la de los k’aras y la de los indios; el etcétera es demasiado largo.
Es verdad que los bolivianos nunca fuimos una taza de leche. Son evidentes nuestras diferencias entre unos y otros, incluso dentro de la misma ciudad, el mismo barrio. Esa es justamente nuestra riqueza, nuestra diversidad. Sin embargo, de algún modo perverso, en algún momento perdimos el rumbo y comenzamos a creer que eso era algo malo, muy malo.

2001, UNA ODISEA
NACIONAL
El actual proceso político que empezó en 2001 tendría que haber sido la gran oportunidad para el encuentro entre bolivianos de todas clases, de todos los sectores, en pos de un país posible, un país mejor. Sin embargo, la polarización que se dio contra un sistema político agotado y caduco no terminó con la derrota del mismo. Ciertas certezas de clase y resentimientos ancestrales, presentes aunque muchas veces escondidos, empezaron a emerger. Aparecieron entonces los ideólogos de víctimas y victimarios.
Hacia 2003, la polarización ya no era meramente política, se había tornado social. Dos bloques aparecieron con claridad: el que emergía a partir de los excluidos y el que cerraba files resistiendo en defensa del orden anterior. La pugna en sí no tenía otro móvil que el poder. Aún antes que Evo Morales asuma la presidencia en 2005, ambos bandos ya se encontraban desplegando todas sus capacidades, recursos y estrategias. La lucha fue muy dura y no se guardaron nada, ambos bloques pusieron toda la carne que tenían en el asador.
En esa confrontación, apelaron a cuanto pudieron. Ambos encontraron, en memorias colectivas de largo plazo, los elementos como para trabajar adhesiones que iban más allá de lo racional. Los de un lado se afianzaron en el resentimiento contra los explotadores, los ricos, los oligarcas. Encontraron la personificación de todo eso en el empresariado del oriente. Por su parte, los del otro lado apelaron a una promesa preexistente de superioridad respecto a los de enfrente. Encontraron en Evo Morales a la síntesis de la otredad.
Ambas construcciones hegemónicas empezaron a tejer sus redes de identidad definiendo al adversario como un enemigo mortal. Se nos fue presentando a los bolivianos la alternativa de elegir inequívocamente entre uno u otro bando sin ningún matiz de por medio; o se estaba de un lado o del otro, irremediablemente. De pronto, la coexistencia pacífica ya no estaba en el menú.

CHOQUE DE CIVILIZACIONES, BOLIVIAN STYLE
Samuel Huntington parte de las reflexiones de Arnold Toynbee acerca de la confrontación entre culturas y vaticina que en el Siglo XXI los actores políticos en pugna serían las civilizaciones. Varios intelectuales bolivianos no se sustrajeron a la teoría formulada y equipararon al occidente y oriente bolivianos con los mundos judío y musulmán. Hacia 2006 había quienes leían en Bolivia un choque de civilizaciones entre el llano y el altiplano.
El proceso de polarización política y social por el que nuestro país atravesaba por ese entonces no dejaba de emitir muchos contenidos que reforzaban estas percepciones. En los momentos más duros, había en Santa Cruz quienes afirmaban que era prácticamente un suicidio para un cruceño ir a darse una vuelta por El Alto. Los radicales aparecían despotricando y cerrando todo camino a la conciliación. Desde el discurso político se alimentaba el miedo y el odio contra la otredad.
En el mismo juego se movían los de ambas veredas. Miembros del bloque en el poder afirmaban que en el oriente se esclavizaba gente, que si quechuas o aymaras andaban solos por las calles se los golpeaba, agredía e insultaba. Generaban la impresión de que en Santa Cruz el deporte por excelencia era patear collas.
En los discursos de ambas fuerzas en pugna, parecía que efectivamente vivíamos una Bolivia escindida irreconciliablemente en dos partes que se odiaban a muerte. Sin embargo, invariablemente eran los actores políticos los que se encargaban de magnificar toda esa verborragia y, las más de las veces, quienes también protagonizaban los actos que le daban sustento al asunto.

TEORÍA MUERTA POR
FALTA DE OBITUARIOS
Pero había un detalle que no cerraba, la ecuación no cuadraba en las calles. Fuera de los ámbitos de los imaginarios políticos de la exacerbación, la gente seguía haciendo negocios entre bolivianos de toda laya sin que medie violencia alguna a la hora de entenderse en el día a día. ¿Dónde estaba el tal odio mortal que ambos bandos sostenían? ¿Hasta dónde eran verdades universales tanto las amenazas desde El Alto, con degollada de perros de por medio, como las agresiones vertidas por comunicadores irresponsables y politizados para quienes lo de raza maldita contra la otredad era pan de cada día? ¿Realmente la ciudadanía se movía bajo esos códigos?
Afortunadamente nunca aparecieron los muertos diarios como para verificar que efectivamente estábamos dispuestos a matarnos por razones de origen dentro de nuestro propio país. Los bolivianos seguíamos muriéndonos de causas naturales; no salíamos a matarnos espontáneamente sólo por ser cambas, collas o chapacos.
Las tan mentadas diferencias irreconciliables y mortales entre orientales y occidentales, k’aras e indios, tierras bajas y altas, no existían sino en la entelequia fantasiosa de los discursos políticos que dominaban por ese entonces la polarización. En la realidad concreta, tanto en Santa Cruz como en El Alto –nombro a estas ciudades por ser los lugares acerca de los cuales ambas fuerzas en pugna tejieron su respectivo imaginario de otredad-, cambas, collas, judíos, sirios, moros, cristianos, gringos, mestizos, originarios, originales, vegetarianos, empresarios y demás ejemplares, seguíamos viviendo, comprando, vendiendo, cocinando, compartiendo, teniendo hijos, haciendo familia y haciendo país; sin mayor relajo. La bronca discursiva estaba en la demagogia de actores políticos que figuraban en los noticiarios, pero no se reflejaba en la convivencia diaria.
Entonces, las teorías acerca de un choque de civilizaciones en Bolivia, con odios suficientes como para que los compatriotas se pongan un chaleco de bombas y se dediquen a matarse entre sí, se caían. No había muertos para sustentar tales hipótesis.
Nos movemos desde hace décadas en nuestra lógica de luchas políticas internas casi permanentes, eso es verdad a todas luces. Pero, ¿de ahí a un choque de civilizaciones? Qué va, como dicen por el occidente, es nomás nuestra ch’ampa guerra, más gritos que hondazos. Cualquier mercado popular del país era y es la evidencia de una convivencia pacífica concreta a partir de toda nuestra diversidad.

EL ABRAZO, FINALMENTE
Tal cual Ulises pasó su odisea antes de llegar a casa, la marcha en defensa del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure, hizo lo mismo. Sólo que no estuvieron solos, con ellos marchamos en espíritu la gran mayoría de los bolivianos. Cuando la caminata ingresó en La Paz, de algún modo todos lo hicimos.
Ese grupo de indígenas del oriente, que no buscaban el fin político de una hegemonía, que no tenían en su agenda la toma absoluta del poder, que no reivindicaban pegas, que no pretendían fundar inmortalidades; que no llevaban a cuestas otra cosa que su razón justa, su pobreza, su honestidad, su sacrificio, su valentía, su ejemplo y su tambora, nos volvieron a enseñar de qué estamos hechos los bolivianos. Somos sólo un grupo de ciudadanos con más cosas en común que diferencias, buscando un espacio para que nadie nos robe nuestro futuro.
Ahí se cayó definitivamente, para ambos bandos, la idea de que del otro lado sólo existe el odio. Esa apoteósica mañana de un 19 de octubre, ricos, pobres, profesionales, lustrabotas, viejos, niños, madres, comerciantes, indígenas, micreros, funcionarios, indigentes, poetas, locos, todos, trabajadores, bolivianos, cambas, collas, campesinos, poderosos, subordinados, citadinos, el país en pleno, vio un abrazo entre oriente y occidente que conmovió nuestras almas hasta la alegría de las lágrimas y sacudió los discursos políticos hasta su más íntimo pedazo de ladrillo.
Seguimos siendo diversos. Ojalá nunca seamos exactamente iguales, jamás un país de clones. Que nadie esté demás. De algún modo, radiante modo, hoy somos mejores gracias a esos quienes se atrevieron a marchar por algo mejor que una consigna política; quienes nos regalaron el volver a creer. Los que nos recordaron que no somos un error desperdigado, sino una Bolivia posible.

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