Viajando al estilo de Mozambique

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Publicado en fecha febrero 23, 2012

Entre hombres que buscan un espacio a empujones, mujeres con niños en la espalda, maletas, bultos, bolsas con verduras y algunos animales, así comienza el viaje.

Hacer un viaje por territorio mozambicano, sin duda, es una de las experiencias más emocionantes e interesantes. En una tierra donde el tiempo es un dato irrelevante, las horas no se toman en cuenta, porque lo único que interesa es llegar a destino final.
Gran parte de las carreteras en Mozambique tienen problemas por falta de mantenimiento y lo más aconsejable, para un turista extranjero, es hacer el viaje vía aérea o alquilar un vehículo. Pero aquello implicaría perderse la experiencia de conocer a pobladores de diferentes y remotos lugares, escuchar sus historias, probar su comida o aprender alguna palabra en una de las lenguas locales. Para los más aventureros es mejor atreverse a hacer un verdadero viaje africano.
COMIENZA EL VIAJE
Para poder viajar desde Nacala Porto, al norte de Mozambique, se debe llegar hasta Nampula, capital del distrito, que cuenta con una carretera en perfecto estado y con señalización, debido al crecimiento de inversiones extranjeras del puerto que hace algunos años es zona franca.
Desde la ciudad de Nampula se pueden tomar otras conexiones para viajar al resto del país, en bus, minivan, avión o tren. Utilizar este último medio de transporte, resulta del todo, curioso para cualquier turista extranjero.
Es interesante saber que mientras la colonia portuguesa permanecía en Mozambique, hasta 1975, año de la independencia, el tren contaba con tres clases, la primera con varios lujos y comodidades, la segunda con un vagón especial para que los pasajeros que tenían que hacer viajes largos pudieran dormir en una cama y comer a gusto, y la tercera, donde podían entrar cientos de personas sin importar si tienen o no un lugar donde sentarse y viajan cargando verduras y hasta animales para llevarlos a casa.
En la actualidad el convoy cuenta solamente con dos clases de vagón, segunda y tercera clase. Un turista debe saber que, para viajar cómodo tiene que comprar su pasaje con uno o dos días de anticipación o buscar a un amigo policía que reserve un pasaje en segunda clase. Caso contrario viajará en tercera y tendrá que madrugar y pelearse por un asiento, como lo hice yo.
Para un viaje a las 6 de la mañana es mejor llegar a la terminal de trenes a las 2:30 am y formar parte de una interminable fila, donde los policías separan a los hombres de las mujeres y permiten primero ingresar a las madres con sus niños.
Cuando abren las puertas de pasajeros, correr es la única opción para tener un asiento en una de las bancas de madera dentro de uno de los tres vagones en tercera clase, en un viaje que puede durar hasta diez horas.
Sentada en un vagón repleto de hombres que buscan un espacio a empujones, mujeres con niños en la espalda, entre maletas, bultos, bolsas de verduras y hasta animales, prosigue el viaje.
Con cada parada obligatoria del tren, podía observar comó el paisaje se transformaba, inmensas montañas con campos verdes me hacían compañía durante mi recorrido. Los pobladores vendían sus productos por las ventanas, cebollas, tomates, mangos, zapallos, gallinas y hasta tortugas. Muchas personas van paradas, esperan que algún pasajero llegue a su aldea, descienda del tren y haya un asiento disponible.

¿DIJERON CINCO O DOCE?
Después de más de 10 horas de viaje, había llegado al pequeño poblado de Cuamba, donde debía tomar una minivan para llegar a la ciudad de Lichinga, un viaje corto de 5 horas. El panorama se repite, muchas personas que necesitan transporte y los vehículos llenos. Este tramo implica ir con otras veinte personas, si es que se tiene suerte y el conductor no intenta llevar a alguien más.
Un intento que parecía exitoso hasta que el vehículo, a 30 minutos de partir, se detiene por problemas con la batería. Aún con la luz del día los pasajeros esperábamos una solución, que fue temporal, pues el vehículo volvió a transportarnos por otros 20 minutos.
En medio de un campo verde y de noche, escuchaba cómo las personas bromeaban acerca de animales que podían pasar por el lugar y atacar a quien estuviera fuera del vehículo. Muchos de ellos aseguraban que durante la época seca es muy común que elefantes impidan pasar a los carros y se queden en medio de la carretera.
Finalmente, el vehículo desistió y nos quedamos esperando otra minivan. En un nuevo automóvil, pensé que en pocas horas llegaría a la ciudad de Lichinga, pero tuve cuatro nuevas decepciones con sus respectivas paradas obligatorias por dificultades del auto, hasta que el chofer, por cansancio decidió que todos pasaríamos la noche en el campo.
Cuando comenzaba a salir el sol, sanos y salvos, retomamos el viaje, el camino es uno de los peores de la zona, según el relato de varios. Después de doce horas, pude llegar a un pequeño hotel, para descansar.
La ciudad de Lichinga, tiene cerca de 150 mil habitantes, el comercio de algodón y té son la principal base de la economía, la lengua local es el Ajaua. El lugar tiene sus curiosidades, como ocurre con la plaza principal, un terreno en el cual hace más de 30 años cayó una avioneta y las autoridades, por falta de recursos económicos, no pudieron moverla y eligieron hacer un parque a sus alrededores.
Con algo de información sobre el destino final, el Lago Niassa en el distrito de Metangula, debía tomar otro vehículo al día siguiente. Así es como a las seis de la mañana encontré otra minivan, donde viajé, al principio con veinte personas, poco después de pasar un puesto de control policial, comenzaron a subir más gente empujando al resto de pasajeros que ya iban bastante apretados. Dos hombres iban colgando en la parte de atrás del vehículo, con el riesgo de caer o ser golpeados por una piedra. Pero pese a las protestas, el conductor continuaba llenando el vehículo, hasta que llegamos a ser 27 pasajeros.
Cuando creí que estaba en el lugar exacto, una mujer sentada en frente, me dijo que podía encontrar un hotel a siete kilómetros, que era mejor esperar que un automóvil pasara y evitar la larga caminata bajo el sol. Así que esperé por algunos minutos hasta la llegada de un vehículo que llevaba cemento y alimentos.

LAGO NIASSA O LAGO MALAUI
Llegando a la aldea de Chuanga veo el Lago Niassa, que está situado al sur del Valle del Rift y es el tercero más grande del continente africano. Una parte que pertenece a Mozambique, pero algunas de sus islas son del vecino país de Malawi.
Con una importante afluencia de turistas, el lugar tiene hospedaje para todos los gustos, desde económicas casas en la playa, por un precio de 22 dólares, hasta hoteles de lujo que pueden tener un costo de 400 dólares la noche. Un turista debe tomar en cuenta que el poblado no ofrece opciones para comer, así que la alimentación dependerá del lugar donde se quede.
Luego de descansar en una casa en la playa, comencé a caminar por el lugar, tomando en cuenta la advertencia del administrador del hotel, no meterme en el río que estaba cerca, pues una semana y media antes un cocodrilo había comido a un niño.
Comenzaba a ver a las mujeres, que poco hablan del portugués y en Ajaua me invitan un plato con la comida típica, shima una especie de masa gelatinosa hecha de harina de maíz mezclada con agua, y pescado frito. A mi alrededor los niños que gustaban de las fotografías se escondían detrás de inmensos baobabs donde descansaban un par de camaleones.
A la mañana siguiente los pescadores llegaban a la playa y con ayuda de los niños jalaban las redes para luego repartir lo obtenido. Los campesinos pasaban con sus reses muy temprano, para retornar antes de que cayera el sol. Las mujeres aprovechaban el agua del río para lavar su ropa y descansar con sus niños que corrían en la playa y me saludaban con la mano y pedían ser fotografiados.
Luego de un par de días de disfrutar del lugar me tocaba retornar a casa, con un viaje que tuvo casi los mismos incidentes que la ida, incluyendo el dormir en el piso de la terminal de buses, hasta esperar la venta de pasajes a las tres de la mañana, para que el tren que tenía que salir a las cinco a.m. saliera tres horas después, pues la compañía no tenía suficiente combustible.
Finalmente luego de una serie de frustraciones, horarios no cumplidos, enojos, peleas con militares y choferes, noches en carreteras o en el piso, empujones, monos cruzando las carreteras, comidas locales saboreadas con las manos; entendí que ése, era un verdadero viaje al puro estilo de Mozambique.

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