CERCADO POR SUS PROPIOS CONFLICTOS

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Publicado en fecha mayo 31, 2012

“El poder los cambia”, asegura uno de los pocos no disidentes que se mantienen allegados a Palacio o dispersos entre las organizaciones sin abandonar sus posiciones críticas, todavía dentro de un proceso que está transformando a sus líderes de una forma que tiende a erosionarlo.

i las reservas internacionales son de 12.000 millones de dólares, ¿por qué esos recursos no llegan al bolsillo de los trabajadores, de la policía?; así no se construye un país socialista”, reclama Adolfo Montoya, dirigente de la Central Obrera.
Lo hace a voz en cuello mientras baja desde El Alto integrando una de las marchas que, multiplicadas en la mayor parte de los distritos del país, afronta el presidente Evo Morales y su élite gubernamental en el décimosexto mes de su segundo mandato, con miras a otra reelección hasta el 2020, para gobernar 15 años si el 2014 vence sus propias limitaciones, yerros y rencores.
Son tiempos en que la ruta troncal Santa Cruz-Cochabamba-La Paz se ha convertido en una de las más obstruidas por bloqueos, paros y manifestaciones de diversa índole, que afectan también a las terminales aéreas y las principales vías citadinas, en una parálisis endémica que se extiende a distritos rurales tan remotos como Riberalta, Camiri, San Borja, el Chaco, Tarija o la frontera con Chile, donde los Carangas, por ejemplo reclamaron durante cuatro días de abril un camino provincial, reteniendo en su protesta a casi mil camiones, 150 de ellos cisternas.
Igual que otros, el reclamo de Montoya es tan simple como la lógica de  manifestantes y sectores en busca de obtener los mayores beneficios del Estado Plurinacional, sean o no militantes del desgastado, desviado y no reconducido proceso de cambio: ahora que hay más ingresos y el pueblo está empoderado, el Presidente y su gobierno deben devolver los favores y recompensar los esfuerzos −o al menos conservar las prerrogativas, dirían los privilegiados médicos y ramas anexas en su huelga blanca, la única que al parecer puede ser doblegada por el peso de sus comodidades.
¿Cómo es eso de ofrecer el 7% de aumento salarial “cuando el país, por propia versión del jefe de Estado, incrementó sus ingresos de 600 millones de dólares el 2005 a más de 5.000 millones de dólares este año”?, cuestiona el principal dirigente obrero, y uno de los más jóvenes en la historia del movimiento sindical, Juan Carlos Trujillo, el mismo que sostiene que Morales y su gobierno “han ido derechizándose cada vez más” y que insiste (a despecho de que transcurrido  el 1° de mayo concilie con el régimen):
“El Presidente se ha equivocado y sigue equivocándose; él y su entorno… no hay nacionalización ni industrialización, cada vez el poder adquisitivo se ha ido perdiendo; no hay políticas profundas…  el proceso de cambio está siendo llevado muy mal por el MAS; no vamos a aceptar que ese proceso se vaya por la borda”.
Toda una crítica en regla, y no proveniente de derecha o centro, sino de un ex perforador en Huanuni, una de las minas estatales gobernadas en los hechos por la militancia comunista sea del PC o del PCML, enfrentada ya sin tapujos −para aumentar la conflictividad no provocada por disidentes, reconductores o ex aliados− con los poderosos cien mil cooperativistas mineros, contrarios a su proletarización por su perspectiva de vida, más capitalista y de libre empresa que comunista o de economía controlada, y recientemente llamados por el Presidente a “decidir el futuro del país”.
Y en tanto se anuncia más crucifixiones, cosidas de labios y “alfombras humanas” por doquier, para revitalizar marchas y bloqueos, el régimen (tan espantado por los riesgos de la tríada enfrentamiento-represión-división interna) se sumerge sin visos de reflexión en el delirio de una presunta estrategia opositora que apuntaría “al desgaste para la derrota política” del líder masista, una vez  frustrado su derrocamiento por “métodos no democráticos” como el terrorismo separatista (recurso gubernamental que al parecer ya no sirve para asustar a nadie).

PUGNA INTERNA, CONFLICTIVIDAD EXTERNA
Sin que le haya ido nada bien en la exhortación -¿sincera?- a los disidentes para que retornen al oficialismo–y más bien indignados  éstos por alusiones a principios y valores que  precisamente los impulsaron, como a “ex funcionarios”, a denunciar los desvíos del proceso,  corriendo el riesgo de la muerte civil a manos de la obsecuencia institucionalizada–, la aristocracia masista se debate en la sexta semana de conflictos  continuos causados, no tanto por sus adversarios sino por el ajuste de cuentas entre los movimientos sociales y su gobierno, que está dejando saldos lamentables, incluida la pérdida de filo crítico de los nuevos funcionarios adaptándose a la línea dura del presidente y la cúpula intolerantes.
“Los conflictos internos se han desplazado al interior del gobierno y de las organizaciones y entre éstas y el gobierno, debido a las expectativas y demandas emergentes de la nueva Constitución”, encuentra, como otros, el analista Eduardo Paz Rada.
Durante los últimos meses las luchas sociales no han estado dirigidas contra el imperialismo, los empresarios, la oligarquía o el gobierno neoliberal sino, por el contrario, se han concentrado en pugnas y enfrentamientos entre sectores del campo popular, campesinos, comunidades, cooperativas, sindicatos, pueblos indígenas, municipios, provincias, departamentos y gobierno por controlar espacios de tierra, riquezas naturales, cursos de agua o caminos y carreteras, dejando relegada la  construcción de un proyecto nacional-popular unitario y fortalecido, advierte también Rada, en coincidencia con una politóloga afín al gobierno:
“El 2010 se presenta como un año de transición entre el campo político nacional −configurado a partir de la lucha interhegemónica entre dos bloques  históricos de poder antagónicos y polarizados: bloque indiano originario campesino y popular enfrentado al ya renombrado Bloque Cívico Regional−, y una etapa de lucha intrahegemónica, donde relaciones y disputas serás protagonizadas por actores que se desprenden del mismo bloque histórico del actual poder”, remarca Helena Argirakis.
La espiral de conflictos es transversal,  homogénea e involucra a la clase media, reflexiona el analista Carlos Cordero. Une a todos el deterioro del poder adquisitivo del salario y la expectativa por una “retribución justa de un Estado que se muestra próspero pero ineficiente”, lo que evidencia el desencanto y distanciamiento de las clases medias respecto del gobierno.

¿PARANOIA?
A diferencia de la confrontación directa con el régimen, para los analistas progubernamentales, la estrategia opositora de desgaste presidencial previo a las elecciones del 2014 se traduce en la creación de conflictos o en la amplificación de protestas sociales a través de la prensa no oficialista o paraestatal.
El objetivo sería “construir en el imaginario colectivo la sensación de inestabilidad y convulsión social”, recordando que en pasados regímenes de izquierda como los de Torres (1971) y Siles (1984) dicha estrategia los desestabilizó, abriendo puerta a sucesivas dictaduras. Por sí solas, las acciones de desestabilización no parecerían representar una amenaza para el proceso de cambio, se asegura.
Pero, vistas en su integridad, es evidente que abril y mayo se anuncian como bastante complejos y riesgosos para el gobierno, prevé el analista Hugo Moldiz, para quien la nueva marcha de “los tipnis”, ya acosada por los grupos de choque masista, puede convertirse, pese a los indígenas, “en el instrumento de materialización de los fines de una derecha, nacional e internacional, que nunca renunciará a la recuperación del poder político perdido”.

DEBILIDAD OPOSITORA
Poco para asustar en serio, confían las fuerzas gubernamentales, sin embargo, por las carencias de la derecha: de líderes que a pesar de su peso cedan el paso al candidato idóneo, de una propuesta alternativa como proyecto competitivo al MAS y de una base social como la masista, uniforme ante sus adversarios, aunque ya no tan masiva como para garantizar la preservación de los dos tercios legislativos.
Con todo, la principal debilidad de las oposiciones de derechas, insiste por su parte Helena Argirakis, es la ausencia de un proyecto contra hegemónico al del MAS, entendiendo que bloquear u oponerse es poco frente a la dimensión de una eventual propuesta alternativa, y la existencia de “profundas contradicciones entre las diversas fuerzas del espectro de las derechas” afectadas, en el caso de Santa Cruz y el oriente, por síntomas de un “profundo y terminal agotamiento de una forma histórica de agenciamiento de poder, inaugurado hace 60 años.
“Lo que se puede prever en el futuro cercano es que lejos de solucionarse la crisis histórica de agenciamiento del poder, se profundizará hasta agotar sus contradicciones para dar paso a nuevas formas de este agenciamiento en el oriente; sólo es cuestión de tiempo”, augura la politóloga.

LA OTRA MITAD
Los apologistas del régimen, inmediatos al Presidente o no, estiman que un 50% de la opinión ciudadana se encuentra todavía a favor del líder, basando esta apreciación sobre todo por su popularidad entre los campesinos y sus mujeres, las ”bartolinas”, junto con los colonizadores y cocaleros a la espera de nuevas concesiones de tierras y mayores privilegios a los negocios montados sobre sus territorios.
Entran ahí también los pequeños productores de valles y tierras bajas, que constituyen junto a los agentes económicos insertados en el comercio lo que se denomina la burguesía plebeya y de capitalismo cholo,  andino, formando la base social sólida que sustenta al gobierno.
Sin embargo, parecen olvidarse del resto constituido también por la diversidad de las clases medias, esas que no están del todo convencidas de las bondades del nuevo estado de cosas, incentivadas además por el arribismo económico y cultural y los encantos aspiracionales que seducen a los sectores emergentes ávidos de movilidad social ascendente.
“Clases medias que en el pasado inmediato dieron apoyo y confianza al MAS, que se tradujo en importantes victorias electorales –recuerda y advierte Carlos Cordero−: Cuando el desencanto de las clases medias se une a las expectativas y frustración de jóvenes universitarios, la espiral de conflictos suele terminar funestamente”. Casi perdidos los dos tercios con que se lograron los anhelos implícitos en la nueva Constitución, la disyuntiva deja sólo la preservación del “poder por el poder” mediante la obtención de la simple mayoría o el extremo de una segunda vuelta: y ahí las cosas aparecen propicias para la cohorte de oportunistas, reciclados e infiltrados que infestan la pelambre del régimen, próximo, en la medida de sus descuidos y lealtades discutibles, a quedar frustrado en sus tareas históricas, dándole razón a la derecha en el sentido de que un gobierno de raíces indígenas, originarias, campesinas, populares y de izquierda no sabe cómo enrumbar el país y se aplaza en sus mayores desafíos

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