De la polarización a la normalidad

Publicado en Política

Tagged:

Publi 7

Publicado en fecha mayo 31, 2012

El regreso de la conflictividad sectorial en el país

Hasta hace un par de años atrás, Bolivia no presentaba una conflictividad sectorial de magnitudes importantes. La COB, transportistas, médicos, indígenas del oriente, magisterio y otros no significaron, durante poco más de cinco años, un problema para la gestión del gobierno del presidente Morales. Al contrario, durante el primer periodo del Movimiento Al Socialismo (MAS) en el poder, fueron más bien los sectores más afines o incluso partes centrales del mismo. ¿Qué pasó entonces? ¿Qué cambió?

Caribdis, la polarización
A partir de 2001 empieza a darse en Bolivia un proceso de polarización política y social que terminará devorando todo el debate político existente, llevándonos a un panorama monocromático entre dos posiciones antagónicas. Entre 2005 y 2009 se acrecienta la situación y se configura una pugna de la mayor intensidad. Dos proyectos de país entran en confrontación: por un lado, el viejo orden de la democracia pactada, que se sostiene en los paradigmas de la república y el neoliberalismo, con todo lo que ello implica en sus luces y sombras; del otro, la emergencia de la izquierda indigenista y popular, asentada en la crítica al modelo neoliberal y a un sistema político desfasado históricamente en sus contenidos y vínculos con la sociedad.
Esta medición de fuerzas tomó al país por completo y se apoderó de todos los espacios posibles. Cada uno de los bandos reclamó para sí la legitimidad y bondad de su proyecto, negando a ultranza esas condiciones en el otro.
Tal como la teoría al respecto lo indica, los centros fueron barridos por la fuerza del proceso de polarización y se consolidaron dos bloques en pugna. Cada uno de ellos reclamaba a sus miembros disciplina y cohesión con el fin de prevalecer por encima del contrario; cada uno de ellos apeló a todos los recursos de los que pudo disponer, democráticos o no, con el fin de prevalecer.
Esto fue así hasta diciembre de 2009, cuando el presidente Morales logró una victoria histórica, en los cánones bolivianos, haciéndose con el 64% de la preferencia electoral y, consecuentemente, con el control del Órgano Legislativo con más de dos tercios a su favor. Pero así como éste es el punto de mayor éxito para el oficialismo actual, es también su punto de quiebre. Aparece con total claridad un bando ganador y pierde su razón de ser la polarización. Como efecto de lo anterior, empiezan a disgregarse los bloques conformados una vez agotados sus fines.
El gasolinazo
La primera señal de que las cosas habían cambiado se dio a finales de 2009 y primeros días de 2010, en el periodo entre las elecciones nacionales y subnacionales, cuando el gobierno lanzó el gasolinazo. El Alto, hasta entonces un bastión del oficialismo, fue el lugar donde se protagonizaron las protestas más duras y que a la postre incidieron en que el Ejecutivo retroceda en la decisión tomada. La medida, además de haber generado una escalada inflacionaria que costó revertir, marcó un antes y un después en lo que hace al enamoramiento de sectores de occidente con el presidente Morales. Hasta ese momento, todo lo obrado por el gobierno, bueno o malo, tenía el apoyo prácticamente ciego de sus bases andinas.
El gasolinazo se constituye en un hito entonces porque a partir de ese momento el punto de atención de las expectativas ciudadanas respecto al denominado proceso de cambio pasó de lo político a lo económico. Se había agotado la agenda de las reivindicaciones y ahora se demandaban resultados prácticos, que en sí pasaban por el bolsillo de las bolivianas y bolivianos.
El proceso político estaba entrando en un nuevo ciclo, salíamos de la lucha entre los dos bloques antagónicos y entrábamos a la lucha al interior del bloque vencedor y al debate, ya con todos incluidos, acerca de la construcción del Estado plurinacional y autonómico. En otras palabras: ya no estaba en discusión el proceso constitucional y su vigencia, sino su resolución y remate en términos concretos.

Nueva conflictividad
A partir de 2010 va emergiendo una nueva dinámica de confrontaciones y búsquedas de nuevos equilibrios en el país. Una de las características que esto va a ir mostrando es que se tratan de conflictividades sectoriales cuya temática gira en torno a lo económico y la gestión. La excepción es el caso del TIPNIS, que sí tiene un fondo político que interpela medularmente al Estado y al poder nacional, pero que quedará fuera del presente análisis a fin de concentrarnos en lo otro.
Desde entonces no cesaron de acrecentarse las manifestaciones de diversas problemáticas pendientes. Desde Caranavi, pasando por tensiones entre departamentos, la COB, magisterio, transportistas, llegando hasta los sucesos de Yapacaní, donde quienes se enfrentaron fueron dos grupos del MAS.
Esta nueva conflictividad tiene dos características principales. La primera es que está funcionando a modo de liberación de tensiones acumuladas durante el proceso de polarización. Es decir que las diversas reivindicaciones sectoriales, que quedaron en un segundo plano durante la pugna entre los dos polos conformados, empiezan a emerger y lo hacen liberando la presión contenida en su momento en pos de asegurar la cohesión del bloque. Desde esa óptica, el país se asemeja actualmente a un paisaje de calderas que se van destapando y liberando vapores. Algo que no deja de ser saludable y muy boliviano.
La segunda característica que resalta es que se trata de conflictos que se dan dentro del proceso político y de la construcción del Estado plurinacional; reclamándole soluciones al poder central, pero sin llegar a interpelarlo. Es más, buena parte de las soluciones a los conflictos que van apareciendo no están necesariamente en el espacio de responsabilidad del nivel nacional, sino de los niveles subnacionales. Tal fue, por ejemplo, el caso de los mototaxistas en el norte cruceño o lo es el tema de la seguridad ciudadana.
Salvo el TIPNIS, ninguno de los otros conflictos representa un cuestionamiento que pueda poner en entredicho al poder. Al contrario, están reconociendo los gobiernos existentes, nacional y subnacionales, y les están demandando respuestas. No se están planteando ni la toma de los espacios de decisión ni una otra visión de país. Consecuentemente, no significan un riesgo mayor para el orden vigente.

Giambattista Vico y nuestro retorno a la normalidad
El filósofo napolitano Giambattista Vico imaginaba a la historia como una espiral ascendente. Esto quiere decir que, en el tiempo, volvemos a repetir la historia, pero en un plano superior; una idea con estética y que junta a Nietzsche con Heráclito. Las bolivianas y bolivianos históricamente nunca nos preciamos de vivir en un país que sea una taza de leche. Al contrario, la convulsión ha sido una constante desde que se tiene memoria. Si recordamos los años ochentas y noventas, veremos que las huelgas, movilizaciones, paros y marchas fueron parte cotidiana de nuestro menú democrático.
Luego de casi una década de confrontación política entre dos visiones de país, expresado en la conformación de dos bloques en pugna, la sociedad boliviana empieza a salir de la pelea grande para regresar paulatina pero indudablemente a su acostumbrada dinámica de protestas y bloqueos por reivindicaciones más cercanas a su realidad. Esta vez las movilizaciones ya no son en contra de un neoliberalismo antinacional, sino dentro de la creación colectiva de un nuevo Estado. También es verdad que son otros los protagonistas desde el poder, pero se repite la fidelidad a lógicas atávicas de opresión a los más débiles. Todo cambia, pero nada cambia. Sólo otra vuelta de tuerca más en la historia de una Bolivia nuestra que definitivamente merece mejores días.

Comparte este articulo

No Comments

Comments for De la polarización a la normalidad are now closed.