Revelador

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Publicado en fecha agosto 22, 2012

“La mañana después de la guerra: “Los ‘autonomistas’ que fueron parte del grupo conspirador La Torre todavía no saben que todas las reuniones que efectuaban en un exclusivo restaurante de Equipetrol eran escuchadas por mozos que trabajaban para un grupo de inteligencia”.

La mañana después de la guerra” es un libro revelador de detalles que explican por qué Bolivia vivió y sobrevivió a una guerra por la toma del poder político y económico del país. Aunque pasaron sólo cuatro años, muchos oficialistas y opositores no quieren ni querrían recordar lo que hicieron el 2008 y, más aún, en septiembre de ese año.
Sin embargo, el periodista Boris Iván Miranda recupera la valiosa información después de más de dos años de investigar para presentar su obra soñada, desde fines del 2009, cuando comprendió que “todo lo que sucedió un año antes merecía mucho más que reportajes en un periódico (y mucho más que un libro también). Ameritaba un trabajo de aliento más largo, demandaba que se convierta en una obra mayor”.
“En un solo año se registraron dos cercos al poder Legislativo, hubo cuatro referendos ilegales y otro inédito que derrotó a dos prefectos. Se tomaron más de 75 instituciones estatales en cinco departamentos y se registró el episodio de vergüenza y racismo exacerbado más triste e inimaginable en Sucre”. Así resume Miranda algunas de las batallas en el prólogo para dar inicio a “La mañana después de la guerra”.
Boris Iván Miranda reconstruye los hechos en exquisitas crónicas a partir de un magistral trabajo periodístico, sin caer en presunciones, destacando un relato concreto, preciso y documentado que invita a devorar uno de los mejores trabajos periodísticos de las últimas décadas. Sobre “La mañana después de la guerra”, IN le preguntó al autor:
¿Por qué escribir “La mañana después de la guerra”?
Es una frase que el filósofo esloveno Slavoy Zizek utilizó para referirse al momento que sigue al punto de bifurcación. El libro desanda los episodios de 2008, empieza con el fin de las batallas. Por eso fue que elegí titularlo “La mañana después de la guerra”, el punto de partida y final de la historia.
¿Dónde estaba y qué hacía cuando se desarrolló la guerra?
Empecé a trabajar en periodismo justamente en 2008. Mis primeras tres coberturas fuertes fueron el referéndum revocatorio, la toma de instituciones en Santa Cruz y los enfrentamientos en Porvenir. En aquellos días estaba muy lejos de comprender lo que estaba sucediendo.
Estaba muy lejos de poder dimensionar la trascendencia de los episodios sobre los que escribía.  El vértigo era demasiado. Cuatro años después todavía lamento lo pobre que fue mi trabajo en aquellos días. El libro, en este sentido, también es una especie de desahogo por lo que no pude contar en su oportunidad.
¿Cómo se vivió y cubrieron los hechos del 2008 en el medio que trabajaba?
Existían muchas susceptibilidades en aquel momento, fundamentalmente con los episodios que se registraban en Santa Cruz. Recuerdo que pese a que existía una alianza editorial en el Grupo Líder de intercambio de información, en La Paz se decide mandar periodistas a cubrir el referéndum Autonómico del 4 de mayo.
La prensa cruceña, en general, hizo trinchera con el movimiento autonomista. Fundamentalmente en aquel plebiscito. Los titulares de aquellos días son una prueba contundente de ello.
La dirección de La Prensa, en aquel momento, no se ocupaba directamente de los contenidos por cuestiones de distancia. Juan Carlos Rivero no vivía en La Paz y ni siquiera lo conocía.
¿Cómo evalúa la cobertura de los medios del país de los hechos de septiembre del 2008?
Hicimos un trabajo pobre. Nos quedamos con la espectacularidad de las tomas de instituciones, lo sangriento del enfrentamiento en Porvenir o la polarización absoluta del país.
Sin embargo estuvimos muy lejos de dar testimonio de la trascendencia de los episodios que se vivían. No comento esto como un reproche, insisto que ese tiempo se vivía con mucho vértigo. Recién cuatro años después podemos tomar algo de distancia para dimensionar los hechos.
Por otro lado,  no se puede negar que hay ciertos medios de comunicación y periodistas que trabajaron en complicidad con ambos bandos.
¿Qué temas tienen los seis capítulos del libro?
Empieza en “La mañana después de la guerra” precisamente. El libro inicia en la Federación de Campesinos de Cobija, días después del enfrentamiento. A partir de ahí comienzo a desandar los episodios emblemáticos de aquel año.
De la retoma de Pando nos vamos hasta Sucre, para conocer como se planificó la humillación a los campesinos del 24 de mayo. Después existe un capítulo sobre los referendos autonómicos de la “media luna” y otro para el referéndum revocatorio.
Finalmente llegamos a la toma de instituciones y el momento final de los combates. A la mañana antes de la guerra.
¿Cuáles son las revelaciones en “La mañana después de la guerra”?
Todas las crónicas fueron elaboradas a partir de un trabajo investigativo propio. No son sólo reconstrucciones hemerográficas, por lo que existen varios detalles que hasta hoy seguían en las sombras. Una de las revelaciones más importantes es la aparición de una “Ley departamental” con la que el movimiento autonomista quería nombrar a los interventores de las instituciones tomadas.
Otra historia reveladora son las verdaderas condiciones en las que Podemos decidió aprobar el referéndum Revocatorio y se suicidó políticamente.
Hay testimonios de momentos de mucha tensión, como el rescate de los documentos del Instituto Nacional de Reforma Agraria días antes de que los muchachos de la Unión Juvenil Cruceñista quemen todo.
Eran días en los que los combates se vivieron con mucha pasión. Incluso Raquel Gutiérrez, la ex esposa del Vicepresidente,  decidió volver al país, viajar en silencio a Santa Cruz y apoyar en la resistencia a la ofensiva cívica.
¿Hubo alguna repercusión sobre las crónicas “El fin del idilio entre Branko y Rubén” y “Los mozos de Equipetrol”, publicadas antes de la conclusión del libro?
Los dos textos que publiqué como adelantos en el diario Página Siete generaron que algunos protagonistas de lo que era el movimiento autonomista y el Gobierno se acerquen. Algunos para protestar y otros para ofrecerme ampliar información. Me contaron la anterior semana que una ex alta autoridad del  Ejecutivo se quejó por la forma en la que se pudo filtrar la historia de los mozos de Equipetrol.
¿Cómo se enteró de los mozos de Equipetrol?
Durante el trabajo investigativo no sólo conversé con políticos.
¿La imagen de Rubén Costas queda como la de “un traidor a Santa Cruz” como dijo en su carta el activista Mauricio Manuel Iturri Gonzales?
Iturri estuvo presente en la reunión en el Comité Cívico en la que se coordinaba el nombramiento de autoridades en las instituciones que fueron “departamentalizadas”. Esa parte del movimiento autonomista se sintió traicionada ante el retroceso de Rubén Costas. Pero traicionar a los grupos de poder no significa, de ninguna manera, traicionar a toda la población de Santa Cruz.
Tal vez, el libro guste a los masistas y no a los seguidores de Costas. ¿Qué opina si descalifican la investigación?
Hasta ahora la mayor parte de críticas me han llegado de parte del oficialismo. Una queja por revelar la historia de los mozos de Equipetrol y reclamos por contar cómo fue la hora más difícil del Gobierno, cuando los ministros pidieron dar un paso al costado. Esas revelaciones no le gustaron nada a algunas figuras que en aquel entonces estaban en la plana mayor oficialista.
Uno de los fundamentos del libro es que al Ejecutivo lo salvan los chicos del plan 3.000, los campesinos de Pando, los colonizadores cruceños y el movimiento indígena de tierras bajas. Ellos protagonizaron el “choque de ejércitos” que antecede al fin de la guerra. El gobierno, a esas alturas, ya no podía contar  con las Fuerzas Armadas.
No me preocupa mucho que descalifiquen la investigación. Tengo documentos y testimonios para respaldar el libro y todo ese material será público. La esperanza que abrigo es que esta obra permita un debate más amplio, un sinceramiento. Sólo así no repetiremos los errores del pasado y no volveremos a poner en peligro al país.

La mañana antes de la guerra

“No vamos a seguir gastando pólvora en gallinazo, vamos a decirle al señor excelentísimo asesino Presidente que la paciencia tiene un límite y se está acabando. Usted es el responsable, el verdadero criminal, el que nos confronta y nos desune. Un pueblo, al que usted odia con tanta saña, que se llama la Santa Cruz, le dice que usted tiene que disculparse públicamente, criminal”.
En la multitudinaria concentración del Cristo Redentor, Rubén Costas acababa de efectuar su discurso más duro. Ese sábado emplazó al mandatario a que pida disculpas por la represión policial de la noche previa y le recordó los muertos de La Calancha. Frente a miles de cruceños, “su pueblo”, no dudó en responsabilizar a Evo por los tres fallecidos en Sucre.  El “gobernador”  mantuvo el libreto: responsabilizar a Morales de toda la crisis política que vivía el país para precipitar su renuncia. Fue ovacionado al final de su incendiaria intervención.
Pero a esas alturas, el Prefecto ya estaba incómodo. El referéndum Revocatorio  demostró que la hipótesis opositora de que el Gobierno estaba debilitado y era el momento de darle el golpe de gracia era un invento. Decepcionado por aquellos resultados y cada día más presionado por el movimiento cívico que comenzaba a rebasar su liderazgo, Costas comenzó a retroceder.
Mientras tanto, las fuerzas alineadas al Comité y a la Unión Juvenil Cruceñista empezaban a impacientarse. El inesperado triunfo electoral de Morales también desesperó a las logias. Los grupos de poder comprendieron que la estrategia de acorralar al Movimiento Al Socialismo desde las prefecturas no funcionaría más porque acababan de perder los enclaves de La Paz y Cochabamba. Además, la posibilidad de precipitar un adelantamiento de elecciones se había esfumado con la ratificatoria del mandato presidencial. El “gobierno moral de los cruceños”, entonces, decidió iniciar la ofensiva final. Varios podían ser los caminos. Aplicar las cartas autonómicas de facto, solicitar la declaratoria de un protectorado internacional, llamar a referéndum para que la población elija entre la nueva Constitución y los estatutos o masificar el pedido de renuncia del Presidente en toda la “media luna”.  Dentro de las opciones no se descartaba la posibilidad de transformar la guerra de baja intensidad en una guerra civil. Así se podría pedir una intervención “humanitaria” de Naciones Unidas o Brasil y librarse por un tiempo de Evo y sus sectores sociales.
El plan fue bautizado como la “departamentalización” de las instituciones y debía comenzar el 8 de septiembre. La planificación se hizo en varios escenarios. En la Prefectura, pese a los reparos de Costas; en el Comité pro Santa Cruz, donde estaban los más entusiastas, y en la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno. Los jóvenes universitarios, junto a las fuerzas de la Unión Juvenil Cruceñista, iban a ser los grandes protagonistas de los operativos.
Hasta ese día ya se habían tomado siete entidades estatales y 140 puestos de control y peaje en los tramos carreteros de la “media luna”. Como en toda la guerra, el primer paso lo daría Santa Cruz y después seguirían los demás departamentos. Así se había acordado en una reunión previa.
Esa noche, en el Comité Cívico pro Santa Cruz se evaluaba todo lo que había sucedido durante el día. Todos estaban de acuerdo en que se debía seguir con el siguiente paso en la departamentalización: el nombramiento de autoridades. Una llamada interrumpió la reunión, era el secretario general de la Prefectura, Roly Aguilera, con un mensaje de Rubén Costas. “Dejen de hacer cagadas. No era el tiempo ni lugar. Basta”.  La ruptura del eje cívico prefectural estaba consumada.

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