SIRIA: EL HORROR ES HABITUAL

Publicado en Internacional, Portada

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Publicado en fecha noviembre 26, 2012

Por: Luis Crespo

Las bombas y las balas acosan a los sirios en casi cada aldea y ciudad. Lo que hace unos meses era un pacífico y seguro territorio, ahora es un campo de batalla en el que han quedado atrapados 20 millones de civiles.

Es una guerra en la que grupos armados dominados por fanáticos musulmanes tratan de derribar a la dictadura militar que ha gobernado Siria los últimos 40 años.

El horror es lo habitual. De teléfono en teléfono circulan videos en que los opositores decapitan a sus enemigos secuestrados frente a la cámara.

Los atentados han comenzado a tomar civiles por blanco y estallan bombas en mercados, hospitales o paradas de autobús.

El gobierno ha bombardeado con aviones, helicópteros y tanques las zonas en que los insurgentes se han protegido entre los civiles inocentes. Ha destruido vecindarios enteros, pero no ha conseguido derrotar a la oposición armada.

Según diversos datos, han muerto aproximadamente 36 mil personas y ya casi nadie lleva la cuenta de los heridos.

 

LA DEMOCRACIA ESTÁ LEJOS

De las supuestas protestas pacíficas de civiles que soñaban con la democracia, un año y medio después sólo queda una pesadilla en que las brigadas armadas opositoras compiten en crueldad con la policía secreta de la dictadura.

La democracia está lejos, muy lejos. Desde que comenzó el conflicto, la persecución contra los ciudadanos se ha multiplicado y ahora, además de la policía secreta, los sirios están aterrorizados también por los grupos armados que toman represalias contra cualquiera que no los apoye.

Los insurgentes asesinan civiles en las calles, a balazos o con bombas: un día un cura que trató de mediar en un secuestro, otro día un famoso actor palestino que simpatizaba con el gobierno, o el dueño de un minúsculo gimnasio de barrio, acusado de entrenar a policías secretos, o un barbero cuya culpa fue ganarse la vida afeitando a burócratas del gobierno.

Desde el otro bando, el gobierno considera las críticas como terrorismo y quien se atreve a manifestar su disgusto con el régimen corre el riesgo de ser arrestado y arrojado a las mazmorras de los servicios de inteligencia.

La oposición asegura que casi 30 mil personas han desaparecido en Siria tras ser arrestadas por el gobierno. No hay manera de saber si esa cifra es correcta o no.

 

UN PAÍS HUNDIDO 

EN LA VIOLENCIA

Los dos bandos, ansiosos por alcanzar la victoria, han cometido masacres que no han dañado mucho al enemigo, pero sin embargo han provocado un gran sufrimiento a los civiles, que en grandes cantidades tratan de huir de las zonas de combate.

Quedan muy pocos lugares donde buscar refugio, porque casi todo el país se ha hundido en la violencia y un cuarto de millón de personas ha huido a los países vecinos.

La vida ciudadana normal está dejando de existir en Siria. Muchos padres han dejado de mandar a sus niños a la escuela por miedo a los atentados y los tiroteos que pueden ocurrir en cualquier momento y en cualquier lugar.

Muy pocos se atreven a circular por las carreteras, debido al peligro de ser secuestrados por los opositores o arrestados por las fuerzas de seguridad, que con demasiada facilidad confunden a ciudadanos inocentes con insurgentes.

Casi nadie discute ya sobre democracia, porque ha estallado el odio sectario religioso. Pertenecer a una rama del Islam es razón suficiente para ser asesinado por los miembros de la secta rival.

Los pedidos de reformas democráticas han sido desbaratados por la enemistad entre musulmanes chiitas y sunitas, las dos grandes sectas del Islam.

El presidente de Siria, Bashar Al Assad, es chiita. La mayoría de los opositores que combaten al gobierno son sunitas.

Tanto el gobierno sirio como agencias de espionaje occidentales han aceptado que los sunitas de Al Qaeda han perpetrado algunos de los más sangrientos ataques suicidas con coches bomba.

Incluso EEUU, que apoya la rebelión y asegura que se trata de un movimiento democrático, ha admitido el peligro de que los fundamentalistas musulmanes hayan tomado la supremacía.

Los combates entre los insurgentes y el ejército sirio ocurren ahora incluso en la capital, Damasco, habitada por más de seis millones de personas.

La otra gran ciudad de Siria Alepo, del tamaño de Damasco, y considerada la capital económica, hace tres meses que ha sido paralizada totalmente por los combates.

 

CONTROL DE INFORMACIÓN

Desde lo alto del monte Qassiun, que se eleva hacia el norte de Damasco, casi siempre se divisan columnas de humo sobre la llanura que ocupa la ciudad. Un rato sí y otro no, se escuchan explosiones a unos cinco o seis kilómetros hacia el sur, el oeste y el este, donde se extienden el gran oasis y los barrios periféricos pobres de Damasco. Esos sitios son territorios controlados por los opositores. El norte y partes del oeste todavía están bajo el mando del gobierno.

Nadie sabe exactamente lo que ocurre en esos lugares. El gobierno sólo permite la entrada en Siria de algunos periodistas extranjeros, a los cuales se les muestra sólo lo que el gobierno quiere.

Y los opositores sólo aceptan periodistas que hablen a su favor y les muestran lo que ellos quieren que se vea y nada más.

Algunos periodistas lograron burlar la vigilancia del gobierno, pero sólo para ser detenidos por los insurgentes con el pretexto de que eran espías.

Las grandes cadenas de televisión y agencias de noticias otorgan credibilidad a videos y datos aparecidos en facebook o twitter. Se ha comprobado que muchas de estas informaciones eran falsas, pero gran parte de la cobertura periodística sigue basada en estas dudosas fuentes.

La guerra de propaganda ha silenciado a los ciudadanos normales y sólo tienen voz los bandos enfrentados.

La mayoría de los 20 millones de civiles de Siria no usan ni facebook ni twitter y no hay manera de saber si prefieren a la dictadura militar o a los fanáticos musulmanes armados.

Salma, una de las miles de mujeres que ha sido desalojada de su casa por los combates, no tiene dudas al respecto. “No es necesaria una encuesta para saber que cualquier madre de familia quiere la paz”, dice mientras su mirada nublada por las lágrimas se pierde a lo lejos, hacia el barrio en que vivía, desde donde se oye el sobrevuelo de helicópteros y el tableteo de ametralladoras y se elevan dos gruesas columnas de humo.

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