LUCHA POR EL PODER EN EGIPTO

Publicado en Internacional, Política, Portada

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Publicado en fecha enero 11, 2013

Nunca se había visto un velo islámico en un noticiero de la televisión estatal egipcia, hasta que en hace tres meses apareció una mujer que presentó las noticias con la cabeza cubierta y con un casto vestido que sólo dejaba ver la cara y las manos.

En una sesión del nuevo parlamento egipcio, dominado por los islamistas, un diputado mira su reloj, comprueba que ha llegado la hora del rezo y se levanta en medio del discurso de un colega y lo interrumpe cantando a voz en cuello el llamado a la oración musulmana, que se debe efectuar en un horario fijo, cinco veces al día. Para ese diputado islamista, un discurso parlamentario no es razón suficiente para saltarse la oración.

Estos son síntomas de los cambios que están ocurriendo en Egipto tras la caída del dictador Hosni Mubarak, que durante tres décadas impuso una dura represión contra cualquier disidencia, especialmente contra la Hermandad Musulmana.

 

FUNDAMENTALISMO

Pero ahora el presidente de Egipto es Mohamed Morsi, un miembro de la Hermandad Musulmana que obtuvo algo más de la mitad de los votos en junio pasado, en la primera elección libre y democrática tras la caída de la dictadura militar.

Morsi ha repetido hasta la saciedad que gobernaría para todos, no sólo para los islamistas, pero es innegable que su ascenso al poder ha favorecido la imposición de reglas de convivencia social  basadas en el fundamentalismo musulmán.

La caída del dictador Hosni Mubarak hace 22 meses y la celebración de elecciones libres no han traído todavía ni el bienestar ni la paz a la empobrecida población de Egipto, sino una paralizante rivalidad entre la Hermandad Musulmana y las demás fuerzas políticas.

En un esfuerzo más de muchos por inclinar la balanza a su favor, Morsi emitió a finales de noviembre un decreto que ampliaba sus poderes como presidente, pero lejos de debilitar a la oposición o disolver la polarización social, provocó protestas callejeras de miles de personas descontentas con el nuevo régimen.

 

NUEVA CONSTITUCIÓN

La oposición a Morsi, trató de aprovechar esta situación para cuestionar la autoridad del nuevo presidente, sin tomar en cuenta que estas protestas no tienen las mismas características que las que derribaron a la cruel dictadura militar de Mubarak.

Los militares encabezados por Mubarak no tuvieron a nadie que saliera en su defensa, pero Morsi dispone de multitudes dispuestas a tomar las calles para defender a su gobierno.

Por lo tanto, los manifestantes contra Morsi, que se reunieron fuera del palacio presidencial, fueron neutralizados por otros miles de manifestantes a favor del presidente, en unos enfrentamientos entre civiles, en que murieron seis opositores y ocho Hermanos Musulmanes.

En esta lucha entre los Hermanos Musulmanes y sus rivales está en juego una nueva Constitución para Egipto, que debe ser aprobada en un referendo que la oposición laica y cristiana ha llamado a boicotear.

Esa oposición tiene como líderes más visibles al ex director de la Comisión Internacional de Energía Atómica, Mohamed al Baradei y al ex jefe de la Liga Árabe, Amr Musa, cuyo prestigio, conseguido bajo el cobijo de las potencias occidentales, no ha conseguido superar el apoyo de la población hacia la Hermandad Musulmana.

Todo hace pensar que la lucha por el poder será larga en Egipto. Y mientras los cambios políticos son evidentes, las condiciones económicas de vida de la mayoría de sus más de 83 millones de habitantes permanecen casi iguales que durante la dictadura o tienden a empeorar.

La ineficiencia en la gestión administrativa no ha desaparecido con la dictadura. En la capital, El Cairo, no es raro encontrar policías, con su uniforme blanco, durmiendo en el suelo de los pasillos de paredes descascaradas de las instalaciones de la administración pública.

Algunos funcionarios trabajan en oficinas con pequeños montones de basura acumulada en el centro. Cualquier trámite es una pesadilla para los egipcios a causa de la negligencia y la corrupción. Esta herencia de la dictadura no ha desaparecido a pesar de las promesas de las nuevas autoridades para resolver pequeños y grandes problemas.

Los partidarios del antiguo régimen y los enemigos de los Hermanos Musulmanes han hecho oscuros pronósticos según los cuales la seguridad desaparecerá y Egipto se hundirá en la violencia y el crimen.

Pero nada de esto ha ocurrido y a pesar de todas las dificultades, tras la caída de la dictadura, Egipto sigue siendo un país seguro, donde la delincuencia común es muy rara y la violencia sólo proviene de la política.

La mayoría de los egipcios son pacíficos y es posible caminar por las calles sin temor a ser asaltado ni atacado por ningún motivo. Los estallidos de violencia sectaria religiosa, aunque preocupantes, han sido casos aislados hasta ahora.

La plaza Tahrir, escenario de las protestas que derribaron la dictadura de Mubarak, es una especie de resumen de lo que sucede en Egipto. Nadie respeta las reglas de tráfico, pero no hay un solo síntoma de inseguridad.

Hace tres días hubo aquí una pelea campal entre partidarios y detractores de Morsi, pero la confrontación se ha trasladado al lejano barrio de Heliopolis, donde está el palacio presidencial.

Al cruzar de un lado a otro de Tahrir, se pueden ver muchas banderas islamistas, pero se nota que la plaza es más propiedad de los comerciantes que de los políticos, sean laicos o religiosos. Este día, como la mayor parte del tiempo, en los muchos puestos de venta alrededor de la plaza, las banderas de los equipos europeos de fútbol que luchan en sus respectivos campeonatos son más numerosas que las banderas de quienes luchan por el poder en Egipto.

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